
La periodista argentina ganadora del premio anual de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano habla de las virtudes y riesgos de la crónica como oficio.
El rostro de Leila Guerriero es un delicado óvalo coronado por una aureola de rizos alborotados, fieles reflejos del temperamento persistente que la ha convertido, muy a su pesar, en una referencia cuando se habla de periodismo narrativo.
Ese género escurridizo y promiscuo que es la crónica periodística la apasiona al punto de lograr que abandone la distancia característica en sus textos y asevere en primera persona sentencias como: “Prefiero sospechar algunas cosas. Que toda levedad se monta sobre tornillos erizados. Y que si lo de arriba flota, es porque lo de abajo lo sostiene. Pero no sé cómo se hace”.
Refugiada en ese misterio que entraña toda escritura, aferrada a la búsqueda constante como consigna permanente ha logrado que sus historias y personajes sean habituales en revistas como Rolling Stones, Gatopardo, El Malpensante, SoHo, Paula y Etiqueta Negra.
Además ríe con nervios cuando habla de libros como Los suicidas del fin del mundo o Frutos Extraños y el esfuerzo sostenido que los produjo. Por ello no resulta extraño que la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano haya decidido premiarla con el primer lugar de su concurso anual por la crónica “El rastro en los huesos” donde detalla las vicisitudes del Equipo Argentino de Antropología Forense.
Nativa de la provincia argentina de Junín las décadas que lleva viviendo en Buenos Aires le prodigan a sus diálogos bastante del argot porteño y esa deliciosa pausa que es el ¿viste?.
“La verdad es que con el tema de los antropólogos, como siempre pasa, no es que yo sea una descubridora de temas interesantísimos sino que son temas que están allí pero la historia no termina de ser contada del todo ¿viste?”, explica.
Y en ese afán por buscar las historias y sus protagonistas, por llevarle a los lectores una mirada distinta sobre las realidades ajenas pasó 90 días junto a los forenses. Maniática en su consigna de intentar reflejar la realidad poliédrica y cambiante no paró hasta entrevistarlos a todos y lograr asistir a dos momentos que consideraba fundamentales: “El trabajo no estaría completo si yo no asistía a la restitución de los cuerpos y la exhumación de cadáveres en el cementerio. Como es lógico y respetable algunos familiares no admitieron mi presencia y también tuve algunas dificultades climáticas. Empezó a llover en la Argentina por lo que era imposible exhumar nada, por eso me tardé tanto”.
La saga de cómo unos adolescentes terminaron fundando el único equipo de antropólogos forenses de su país robó su atención por completo. Experta en olfatear buenas historias explica uno de los acicates en la investigación: “Siempre me llamó la atención el tema de cómo se había formado el grupo siendo ellos tan jóvenes en ese momento apenas terminada la dictadura militar. Otro aspecto importante es que los fundadores son básicamente las mismas personas que están trabajando ahora”.
Lectora infatigable abreva en ficción, poesía y ensayo para enriquecer sus crónicas. Es habitual encontrar nombres referenciales en sus documentos sobre el oficio como cuando describe los ecos que reverberan en el lenguaje estilístico de ciertos periodistas: “Y pienso todas esas cosas porque en los grandes cronistas encuentro ecos de Richard Ford y de Scott Fitzgerald, de Góngora y de la Biblia, de José Martí y de Gonzalo Rojas, de Flaubert y de Paul Bowles, de Salinger y de Alice Munro, de Nabokov y de Pavese, de Bradbury y de Martin Amis, de Murakami y David Foster Wallace”.
Por estos días, recién llegada de Bogotá donde asistió al Festival Malpensante, lee con atención Zoológico Colombia de José Alejandro Castaño y se sumerge con devoción en Breathing Lessons de Anne Tyler. Ajena a los ritos supersticiosos de la escritura se confiesa esclava de la rutina concebida en largas sesiones de edición y lectura que llegan a prolongarse hasta 16 horas.
Ríe nerviosamente al admitirlo: “Es una concentración de monje budista. Pero cuando empiezo a escribir una crónica trato de que la casa esté sola, que no haya nadie y tener la primera frase de lo que voy a escribir pensada. Nunca me siento a escribir si no sé cuál es esa primera frase. Después sólo necesito silencio. Tengo que encerrarme y lograr que el mundo comience a desdibujarse un poco”.
Como el hombre de “Standing on the highway”, esa célebre canción de Bob Dylan, pareciera que Leila musita con fervor de plegaria a la vera de ese camino que es el periodismo narrativo: “Estoy en la carretera / intentando resistir y ser valiente / un camino lleva a las luces resplandecientes / el otro lleva a mi tumba”.
No sería de extrañar que mientras se leen estas líneas la Guerriero esté encerrada a cal y canto en su departamento porteño, puliendo con paciencia de orfebre cada recodo de sus textos, desdibujando la realidad cotidiana para conjurarla en la página en blanco.
Lejos de los egos estúpidos
-Sin buscarlo muchos de sus trabajos se han convertido en documentos referenciales para lectores y periodistas ¿Qué siente al respecto?
La verdad es que me da un poco de vértigo todo eso. También me parece que uno dice una cosa y la gente entiende cualquier otra. Eso me pasa en los talleres cuando doy una consigna y la gente termina escribiendo sobre cualquier otra. Escribo las ponencias en primera persona porque eso me permite decir lo que yo creo, pero no es una verdad revelada. Me da alergia agarrar la batuta y decir que esto es así, o asá como una cosa definitiva. A fin de cuentas esto es periodismo no física cuántica y no me siento un referente de nada.
-Como lectora ¿Qué elementos le pide a una crónica para que la enganche hasta el final?
Les pido que me entretengan, que me narren bien el cuento, me mantengan atrapada con la historia y que despierten algún tipo de emoción. Hay cronistas y periodistas muy buenos pero se quedan afuera, no logran que uno se contagie de la emoción del cuento. Disfruto mucho la prosa por eso no me da igual la forma en que esté escrito.
-Es algo subjetivo pero ¿Cómo definiría a la prosa que impacta?
A mí me gustan las prosas que me sorprenden y me nutren de cosas nuevas. Adoro las crónicas inesperadas pero lo que buscaría sobre todo es una mirada sobre un mundo en el que no estoy interesado a priori. A veces me topo con un tema y al ver la firma me lo leo de inmediato. Por eso termino leyendo cosas que no son de mi interés pero aprendo. Ahora estuve siguiendo el blog de Villoro y Caparrós sobre el mundial y en principio el fútbol es un tema que no me importa pero los textos que hicieron trascienden el juego y hablan de muchas otras cosas.
-¿Cuáles cree que son los retos principales del periodismo narrativo en una escena mediática donde la presencia de los medios sociales y la atomización informativa cada vez es más patente?
El tema de las nuevas tecnologías es muy raro. Se supone que los periodistas narrativos no somos precisamente una estofa cobarde o gente reaccionaria, deprimida, aferrada a pensamientos dogmáticos por eso no entiendo que miremos con tanto terror el avance de las nuevas tecnologías. Hay que pensar, aunque no sé cómo, que puede ser algo que se incorpore. No puedes contar la historia de la antropología forense en twitter porque sería un disparate pero ya me gustaría dejar de escuchar estas posturas como de señoras que se tiran de las mechas en la época de la radio ante el avance de la televisión.
-El uso de los medios sociales genera debates constantes…
Claro pero el mundo ha estado lleno de cambios tecnológicos y casi siempre esos cambios han sumado. Al teatro se sumo la radio, el cine y la tele y no por eso se acabó. Así que en principio trataría de alejarme de ese pensamiento de que la tecnología es un “cuco malo” que viene a comernos a los periodistas analógicos. También creo que las crónicas largas siempre tendrán sus lectores pero ha habido un cambio de formato. Si tengo que leerlas en una pantalla o un libro no es algo que me preocupa tanto. Lo que sí ha cambiado y va a cambiar más es el diarismo. Cada día es más patente la sensación de vencimiento de las noticias.
-En múltiples ponencias y artículos ha hablado de buscar alternativas ante la avalancha mediática ¿Cómo define estas opciones informativas?
Defiendo otro tipo de periodismo, una visión más reposada. Claro que no te vas a pasar tres días contando un accidente de tránsito que pasó hoy pero siempre me pregunto cuánto de todo eso queda en la cabeza de un lector, qué mundo estamos contando con esa velocidad. La verdad no lo sé. Igual creo que estas crónicas largas siempre han tenido un tipo de lectores, claro que no son un bestseller. Si eso nos interesara escribiríamos novelas como las de Paulo Coelho, entonces, creo que no tenemos la ambición de llegar a un público gigantesco con esto. Nuestra única ambición es contar con una mirada particular un trocito de mundo, eso siempre fue así. Contar una historia es un intento de entender al mundo.
-¿Cuál cree que es el secreto de experimentos editoriales exitosos que apuestan por la crónica, el ensayo y los reportajes?
Es evidente que hay un retroceso en el espacio que los medios tradicionales le otorgan a estos géneros pero por otro lado hay publicaciones triunfadoras. Colombia es un país que ha hecho muchísimo por esto del periodismo narrativo, por ejemplo, SoHo acaba de publicar una crónica de 54 páginas de Alberto Salcedo Ramos sobre Diomedes Díaz y muchísima gente compra la revista por ello es una fórmula exitosa. La gente de El Malpensante lo mismo es una revista con un perfil netamente cultural que apuesta a la crónica. La revista del diario español El País también promueve este tipo de periodismo me parece que siempre va a haber un público para estas historias. Al igual que pasa con la poesía que sigue teniendo lectores poquísimos pero que son fans aguerridos creo que el periodismo narrativo es un periodismo necesario. No es simplemente una especie de celebración del estúpido ego de los autores, es mucho más que eso.
-En algunas entrevistas ha hablado de la importancia que tiene la apuesta personal del redactor ante cada tema y los riesgos de dedicarle tiempo ¿Cómo define en su caso este compromiso?
La última vez me pasó con una nota que trabajé muchísimo. Tuve que viajar para hacer la crónica, me quedé semana y media en el lugar más la investigación previa, la posterior y la desgrabación de todo eso me tomó como dos meses y la nota no se pudo publicar. Finalmente los protagonistas de la historia, sin tener idea de qué había escrito yo porque jamás le muestro las notas a nadie antes, decidieron amenazar a la revista con un juicio y decidieron no publicarlo. Yo estaba segura de lo que había hecho: tenía grabaciones, fotos y no había ningún riesgo pero se implicaba un menor por lo que era muy complicado ¿Qué puedes hacer allí? esta carrera, es larga y no llegan los que corren más rápido. A veces entregas una nota a un medio y la retiene por el motivo que fuere y pasa algo que cambia completamente la historia. Nunca podemos olvidar que la realidad es dinámica pero jamás he sentido pesar, me parece que son las reglas del juego. Es como si fueses un cazador y sales al campo y no regresas con nada. Cada oficio tiene sus riesgos a veces pierdes tiempo, plata, le dices que no a veinte cosas porque estabas ocupada en eso pero uno no se puede quejar. El periodismo es un oficio como cualquier otro y tiene sus riesgos.
-Pese a que no le gusta ¿Asumiría el riesgo de ofrecer algunos consejos a aquellos que aspiran escribir crónicas?
A mi me sirvió siempre confiar en que el trabajo más o menos bien hecho se abriría paso solo. Sobre todo hay que tener conciencia de que esto es un oficio en el que uno no es importante. Lo único importante es la historia que uno cuenta. Toda esta gente que habla del periodismo al servicio de la verdad me espeluzna porque es muy difícil saber qué es la verdad. Hay tantas verdades como personas y eso es poner al periodismo en el lugar absurdo de los justicieros. Ése es un lugar que ocupan los jueces, fiscales y el Estado pero no el periodismo. Uno tiene que contar la historia y desaparecer, nada más.
Tomado de PRODAVINCI
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