lunes, febrero 03, 2014

¿Qué capitalismo es el chino?

Por Maurice Meisner*


El programa de reformas lanzado por Deng Xiaoping en 1978 pretendía construir las bases para la modernización socialista del país. Pero produjo el más espectacular proceso de desarrollo capitalista de la historia. Paradójicamente, las condiciones para esta transformación provienen de los logros “burgueses” de la revolución maoísta de 1949.


En 1978, cuando Deng Xiaoping lanzó su programa de reformas de mercado, su finalidad no era crear una economía capitalista. Deng, el “líder supremo” de China en el período post-maoísta, fue comunista desde sus 20 años, cuando era estudiante en Francia e ingresó al Partido Comunista Chino (PCCh), en 1924. En 1978 todavía preveía un futuro socialista para China. Pero como Lenin, Deng no se oponía a usar los medios del mercado capitalista para lograr los objetivos socialistas. El objetivo inmediato era el rápido desarrollo económico, empleando los métodos más expeditivos disponibles, manifiestamente para construir la base material para el socialismo. Si el poder político permanecía en manos del PCCh, Deng asumía que los deseados resultados socialistas surgirían finalmente del “desarrollo de las fuerzas productivas”.

Pero lo que realmente se produjo no fue la construcción de los cimientos del socialismo, sino el más masivo proceso de desarrollo capitalista en la historia contemporánea.

Hacia mediados de la década de 1990, los aspectos esenciales de una economía capitalista estaban firmemente establecidos. En primer lugar, la obtención de ganancias fue universalizada en la vida económica y establecida como el principal criterio para juzgar el éxito o el fracaso de virtualmente todas las empresas económicas. En segundo lugar, China se integró en la economía capitalista mundial, y ello inevitablemente tiende a remodelar las relaciones económicas y sociales internas de acuerdo con las normas capitalistas internacionales. En tercer lugar, se creó un enorme mercado de trabajo, en parte por la proletarización de cientos de millones de campesinos que fueron forzados a ello por la nueva mercantilización de la tierra; en parte por la destrucción del “tazón de arroz y de hierro”, el término despreciativo que utilizaban los reformistas partidarios del mercado para referirse al sistema de seguridad de empleo y los beneficios de seguridad social de que gozaba una parte de la clase obrera urbana. Y en cuarto lugar, los reformadores post-maoístas procedieron con cautela pero inexorablemente hacia un sistema de facto (si no necesariamente de jure) de propiedad privada de los medios de producción, primero en el campo a través de formas variadas de tierras “contratadas”, y luego más explícitamente en las empresas urbanas y las propiedades inmobiliarias.

“Empresarios socialistas”

Los dirigentes chinos post-maoístas reconocieron desde el inicio que una economía de mercado presuponía una burguesía, o una clase de “empresarios socialistas”, tal como preferían llamarlos. Pero la burguesía china moderna, que siempre fue una clase pequeña y débil, había dejado de existir a fines de los años 1950. La mayoría de los miembros más ricos de la burguesía se fueron del continente en 1949, cuando el triunfo comunista, y sus empresas abandonadas fueron nacionalizadas inevitablemente por el nuevo régimen. Las industrias y otros negocios de aquellos burgueses que se quedaron fueron expropiados o comprados por el nuevo Estado comunista. En el segundo caso, los ex propietarios recibieron como compensación bonos del gobierno a tasas bajas no heredables. Así, lo que quedaba de la burguesía china al final del período maoísta, en 1976, era un pequeño grupo de ancianos jubilados que cobraban modestos dividendos de los bonos estatales.

De modo que si se iba a implementar una estrategia de mercado debía crearse una burguesía. ¿Y qué más lógico que ésta fuese en gran parte reclutada en las filas del PCCh? Los funcionarios del partido tenían la influencia política y las habilidades para aprovechar mejor las ventajas pecuniarias que ofrecía el mercado. Superando las inhibiciones ideológicas –cuando existían– muchos cuadros del partido se precipitaron a participar ellos mismos en los negocios o a acomodar a sus hijos, parientes y amigos en posiciones lucrativas en lo que pronto se convertiría en una red de relaciones clientelares.

En la década de 1980, con la creación de una burguesía funcional, se cubrieron los requisitos esenciales, sociales e institucionales para una economía capitalista. Al mismo tiempo, las condiciones sociales para el capitalismo fueron reforzadas ideológicamente por la creciente influencia de las teorías económicas neoliberales y una creencia casi mística en la “magia del mercado”. Los planificadores económicos chinos, algunos de los cuales habían estudiado en las escuelas de negocios de los países industrializados, comenzaron a imitar a sus homólogos occidentales. Y, como un signo del humor intelectual imperante, los escritos de Milton Friedman adquirieron una popularidad extraordinaria entre los intelectuales, estudiantes y funcionarios gubernamentales. Friedman, el gurú del “libre mercado”, visitó China para dar una muy publicitada gira de conferencias en 1980 y 1988, prodigando elogios a sus nuevos discípulos chinos.

Costos sociales extremos

Durante las tres décadas transcurridas desde 1978, y sobre la base de una ya considerable estructura industrial moderna construida durante el cuarto de siglo anterior, el PIB chino creció a una tasa anual promedio del 9%, un ritmo a largo plazo sin precedentes en la historia contemporánea. El frenético y masivo avance del desarrollo capitalista en China rememora el asombro que llevó a Karl Marx a escribir que la burguesía “ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones precedentes juntas. La sujeción de las fuerzas de la naturaleza al hombre, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la preparación de continentes enteros para el cultivo, la canalización de ríos, poblaciones enteras trasladadas fuera de sus tierras... ¿quién un siglo antes tenía siquiera un presentimiento de que semejantes fuerzas productivas dormían en el regazo del trabajo social?” (1).

Pero en Marx la celebración de las fuerzas productivas del capitalismo iba acompañada por un agudo reconocimiento de su destructividad social y de una razonada advertencia sobre los espantosos costos humanos que exigirían las ingobernables fuerzas económicas que el capitalismo había desencadenado. “Una sociedad que ha conjurado semejantes medios poderosos de producción e intercambio –escribió Marx– es como el hechicero que ya no puede controlar los poderes subterráneos que ha invocado con sus sortilegios” (2).

Los “poderes subterráneos” que los reformadores de mercado del PCCh han desatado son ahora evidentes. Cientos de millones de campesinos han sido expulsados de las tierras que ocupaban, transformándose en una gran “población flotante” de trabajadores que buscan trabajos temporales en la construcción o como sirvientes en las ciudades y pueblos. Aquellos que permanecen en el campo son oprimidos por los corruptos funcionarios locales, una fuente continua de “acumulación primitiva de capital” para los empresarios burocráticos. En las florecientes ciudades, los nuevos ricos alardean de sus riquezas e imitan a sus homólogos occidentales en una orgía de consumo ostentoso. Al mismo tiempo la clase obrera urbana, amenazada por un vasto ejército de reserva laboral, sufre la erosión de su tradicional seguridad de empleo y de sus beneficios sociales.

Por supuesto, no hay nada particularmente chino en lo que se refiere a estos costos sociales del desarrollo capitalista. La mercantilización del trabajo y la tierra, el crecimiento de agudas disparidades sociales, la masiva destrucción ambiental: en las tempranas etapas de la industrialización capitalista esos males sociales fueron generados en todas partes. Pero en China, debido a la escala y al ritmo extraordinariamente acelerado del desarrollo, las consecuencias sociales son más extremas y se producen en la mayor escala de la historia capitalista mundial.

Pero aún habría que preguntarse si el capitalismo chino es realmente capitalismo. Un pequeño y menguante número de observadores extranjeros simpatizantes enfatiza el rol del Estado y los sectores colectivos en la economía china, sosteniendo que es efectivamente una “economía socialista de mercado”, a mitad de camino entre el capitalismo y el socialismo, y tienen la esperanza de que finalmente se dirija hacia este último. Un número mucho mayor de observadores occidentales duda de la autenticidad del capitalismo chino, al que frecuentemente llaman “capitalismo de compinches” o “corporativismo leninista”. Ambos puntos de vista se centran alrededor del papel del Estado comunista en la economía china, un asunto de necesario análisis para lograr cierta comprensión de la naturaleza social del régimen chino y su futura dirección.


Creación de una burguesía

El rol del Estado en el desarrollo del capitalismo ha sido oscurecido, a causa de la necesidad ideológica de retratar al capitalismo como la expresión de cierta naturaleza humana esencial. Esta necesidad encontró su expresión en la ideología del “libre mercado”, que sostiene que el capitalismo opera mejor (y más naturalmente) cuando está libre de toda intervención gubernamental externa.

Sin embargo, el poder del Estado ha estado íntimamente involucrado en el desarrollo del capitalismo moderno desde su origen. Incluso en Inglaterra, la patria clásica del desarrollo capitalista, fue necesaria la intervención del Estado para crear un mercado de trabajo, una condición esencial para el desarrollo del capitalismo industrial moderno. Los cercamientos de tierras del siglo XVII, que promovieron el capitalismo rural mientras empujaban a millones de campesinos fuera del campo para ser finalmente transformados en proletarios urbanos, no fueron simplemente el trabajo de leyes económicas naturales sino leyes del Parlamento impuestas por los jueces y la policía. Y fue la reforma de la Ley de Pobres de 1834 la que finalmente eliminó los derechos tradicionales de subsistencia a favor de un “mercado libre de trabajo”, cuyo funcionamiento fue impuesto mediante la amenaza del hospicio. El Estado británico estuvo muy implicado en la creación de las condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo industrial moderno.

En el desarrollo del capitalismo tardío el Estado ha tenido un papel cada vez más importante. El Estado de Bismarck aportó la mayor parte del impulso y la dirección para el rápido desarrollo del moderno capitalismo industrial en Alemania a fines del siglo XIX, mientras que la industrialización promovida por el Estado fue la característica dominante de la historia de Japón en la era Meiji (1868-1912), los dos casos más celebrados de la denominada “modernización conservadora”. En los “nuevos países industrializados” del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, la modernización capitalista patrocinada por el Estado ha sido casi universal. Corea del Sur, Taiwán y Singapur están entre los ejemplos más exitosos. Una variante de este modelo de industrialización ha sido una “triple alianza” (entre el Estado, las multinacionales y el capital local) supervisada por el Estado, un diseño que puede ser ejemplificado por Brasil, en las décadas subsiguientes a la Segunda Guerra Mundial (3).

Alemania, Japón, ¿China?

En todos estos casos de “modernización conservadora” –es decir, la modernización capitalista sin una revolución democrática burguesa completa– la burguesía (el agente del desarrollo capitalista) no ha tenido en demasía el ejercicio del poder a través del aparato del Estado, sino que más bien ha sido dependiente del Estado. Tanto en la Alemania del canciller Bismarck como en el Japón de Meiji, la naciente burguesía intercambió “el derecho a gobernar por el derecho a hacer dinero” (4).

La China post-maoísta podría ser vista como otra variante de este camino conservador hacia la modernización capitalista. Pero en un aspecto esencial el modelo chino contemporáneo es de un carácter aun más centrado en el Estado y más burocrático de lo que fueron sus predecesores alemán y japonés. En la Alemania de Bismarck y el Japón de Meiji existían clases burguesas autóctonas (aunque débiles), cuyos intereses el Estado autocrático podría promover y cuyas energías podrían ser guiadas por las autoridades estatales hacia el objetivo del desarrollo económico nacional. El resultado de ambos casos fue una burguesía dependiente del Estado, pero no simplemente una creación del Estado.

En China, al contrario, a fines de la década de 1970, cuando se lanzó el programa de reforma de mercado, hacía largo tiempo que la burguesía china había dejado de existir en tanto clase social operativa. Se tenía que crear de nuevo una burguesía. Esto fue realizado por el mismo Estado-Partido Comunista, que asumió la tarea de producir tanto la burguesía urbana como la rural, en gran medida desde sus propias filas. Sin embargo, la economía china funcionalmente no es hoy menos capitalista de lo que fueron sus contrapartes alemana y japonesa un siglo antes.

Es muy posible que el peculiar origen de la burguesía china contemporánea tenga consecuencias políticas menos felices. Sobre la base de una lectura más bien simplista del surgimiento de la democracia política en los primeros países industrializados (como por ejemplo Inglaterra, Francia, Estados Unidos), está ampliamente asumido que la burguesía, por virtud tanto de sus intereses económicos como por sus ideales, procura limitar el poder del Estado. Así, se predica con frecuencia que el desarrollo del capitalismo y el crecimiento de la burguesía en China conducirán a un proceso de evolución política democrática. Pero resulta improbable que una burguesía que es creación del Estado comunista, que permanece tan dependiente de ese Estado y que en muchos aspectos aún está ligada material y psicológicamente al aparato del Estado-Partido, tienda a limitar el poder de un Estado del que tanto se beneficia. No se trata tanto de que la nueva burguesía china sea políticamente tímida, sino de que sus intereses económicos están bien protegidos por el Estado que la creó. De producirse, cualquier impulso serio para un proceso de evolución democrática vendría así de las víctimas, y no de los beneficiarios del capitalismo promovido por el Estado.

El nuevo “taller del mundo”

Los aspectos sociales y políticos del desarrollo económico en la China post-maoísta conforman un régimen que puede ser caracterizado mejor como un capitalismo burocrático; esto es, un sistema de economía política donde el poder político es empleado para generar la acumulación privada a través de métodos capitalistas de actividad económica. El fenómeno no es una novedad en la historia mundial. En efecto, en mayor o menor medida, el uso de influencias políticas para obtener beneficios económicos privados es un rasgo extendido de la economía capitalista. Incluso en los países capitalistas más avanzados, los que más ruidosamente se presentan como los campeones de las virtudes del prístino “mercado libre”, una carrera gubernamental es frecuentemente el preludio para otra carrera más lucrativa en una empresa capitalista usualmente relacionada con el aparato estatal.

En la historia de China, el capitalismo burocrático ha sido un fenómeno inusualmente importante. Sus orígenes se remontan a más de 2.000 años, hasta la antigua dinastía Han, cuando los monopolios del Estado fueron establecidos para la producción y la venta de bienes tan lucrativos como la sal y el hierro. Los comerciantes privados administraban la producción y la distribución, pero lo hacían bajo la supervisión de los burócratas imperiales. Los empresarios privados y los funcionarios del Estado conformaron una relación simbiótica, y ambos se beneficiaron enormemente durante siglos. Pero no fue hasta el ascenso del régimen nacionalista de Chiang Kai-Shek, en 1927, que China tuvo la dudosa distinción de producir el que es tal vez el caso clásico de “capitalismo burocrático” en la historia mundial. Durante el período de gobierno nacionalista (1927-1949), el sector moderno de la economía china estuvo dominado por las “cuatro grandes familias”: los Kung, los Soong, los Chen y los Chiang. Estrechamente relacionadas mediante la política y los matrimonios, estas cuatro familias controlaban el aparato del Partido-Estado nacionalista, y por virtud de este control político dominaban –como capitalistas privados– el sector moderno de la economía china.

Los objetivos principales de la Revolución Comunista, tal como Mao Zedong los enunciara en la década de 1940, eran destruir a los terratenientes feudales en el campo y a la “burguesía burocrática” en las ciudades. No era la intención, decía Mao, eliminar el capitalismo en general, el que continuaría existiendo “durante un largo período” para servir a las necesidades del desarrollo económico nacional (5). Por eso es irónico que sólo treinta años después del triunfo revolucionario, el Estado comunista recreara una burguesía burocrática junto con el capitalismo en general.

Ritmo y escala asombrosos

El capitalismo burocrático de la China post-maoísta no representa una simple resurrección de la economía política de la era del Guomindang. El capitalismo burocrático bajo el régimen del Guomindang (y sus encarnaciones anteriores del siglo XIX), estuvo económicamente estancado, aun cuando la burguesía burocrática prosperó. En sorprendente contraste, el capitalismo burocrático de la China contemporánea está asociado a tasas de crecimiento económico extraordinariamente altas, que han transformado a este país, en palabras de Martin Wolf, en “el taller del mundo”, un título antes reclamado por Inglaterra en el siglo XIX (6). El ritmo y la escala del avance económico de la República Popular son sorprendentes. Informes recientes, por ejemplo, revelan que China suma ahora más poder de energía eléctrica cada año que todo lo producido por Gran Bretaña en su red eléctrica nacional (7). Y en la reciente reunión del Congreso Nacional del Pueblo en Pekín, el primer ministro chino Wen Jiabao anunció un programa de modernización de la industria del acero, revelando que las viejas plantas que serán reemplazadas tienen ellas solas más capacidad productiva que la totalidad de la capacidad productiva de la industria del acero de Alemania (8).

¿Por qué el capitalismo burocrático del período nacionalista perpetuó el estancamiento económico, mientras un sistema sociopolítico muy similar en la China post-maoísta ha logrado un fenomenal crecimiento económico? Cualquier investigación seria acerca de las razones de este sorprendente contraste debería centrarse, en gran medida, en las diferencias existentes entre las sociedades chinas anterior y posterior a la revolución. O, más precisamente, se debe tener en cuenta los logros de la Revolución de 1949 en tanto revolución burguesa. El régimen nacionalista de Chiang Kai-Shek, más allá de sus bien conocidos defectos internos, se encontró en el contexto histórico más desfavorable, un sistema casi feudal de propiedad terrateniente que despilfarraba –más que acumulaba– capital, y un sistema político arcaico jaqueado por los señores de la guerra separatistas; un país política y económicamente fragmentado por el impacto de un siglo de imperialismo extranjero, y una burguesía débil y dependiente del capital extranjero. Los esfuerzos del régimen nacionalista para aliviar estas cargas precapitalistas, incluso a la luz del corto plazo y los limitados medios con que contaba, fueron débiles en el mejor de los casos.

Por otro lado, el régimen comunista chino realizó con éxito, en la década de 1950, las tareas esenciales de una revolución burguesa, aunque sin su componente democrático. Los comunistas unificaron una China por largo tiempo desintegrada, se liberaron de las intromisiones imperialistas y establecieron un gobierno duro pero efectivo. Con esto crearon las bases para un Estado-nación independiente y un mercado nacional; la clase parasitaria de los aristócratas-terratenientes fue destruida con la campaña de reforma agraria de 1950-1952, lo que permitió canalizar el excedente agrario en capital para financiar un programa de rápida industrialización impulsado por el Estado y lograr sorprendentes avances en alfabetización, atención médica y educación, creando una fuerza de trabajo moderna y excepcionalmente capaz. En síntesis, el gobierno maoísta, especialmente en la primera década, creó las condiciones esenciales para el proceso de rápido desarrollo capitalista que ha tenido lugar durante las tres últimas décadas.

El espectacular ascenso económico de China, por lo tanto, no es simplemente el resultado de las reformas de mercado de Deng Xiaoping y sus sucesores. También le debe mucho a los logros “burgueses” positivos de la Revolución de 1949. La herencia real de la revolución no fue el socialismo, un objetivo todavía proclamado ritualmente en Pekín, sino más bien el moderno objetivo nacionalista de la riqueza y el poder del Estado-nación. 

1. Karl Marx y Friedrich Engels,Manifiesto comunista, Centro Editor de Cultura, Buenos Aires, 2004.

2. Ibidem.

3. Peter Evans,DependentDevelopment, Princeton University Press, Princeton, Nueva York, 1979.

4. Barrington Moore,Los orígenes sociales de la dictadura y de la democracia, Ediciones Península, Barcelona, 1991.

5. “La situación actual y nuestras tareas”, 25 de diciembre, 1947,Obras escogidasde Mao Zedong, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1961.

6. The Financial Times,Londres, 25-11-03

7. The Financial Times,Londres, 21-2-07.

8. The Financial Times,Londres, 6-3-07.

* Profesor de Historia de la Cátedra Harvey Goldberg, Universidad de Wisconsin, Madison, Estados Unidos. Autor de La China de Mao y después, Comunicarte, Córdoba, 2007.

Traducción: Jorge Santarrosa y Jaime Silbert

Tomado de El Diplo

lunes, diciembre 31, 2012

La agonía de la posmodernidad



La crisis que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería 

política, ética y estética que por desgracia sigue coleando aún.

Por: Lluís Duch / Albert Chillón.


Desde los años sesenta del pasado siglo hasta la quiebra que estamos viviendo, la palabra posmodernidad ha designado toda una época en la historia de Occidente, una especie de epílogo que habría tornado líquido el carácter sólido de la modernidad clásica, según Zygmunt Bauman, y hasta gaseoso, de acuerdo con la más sugestiva metáfora que en suManifiesto Comunista propusieron Marx y Engels. La modernidad capitalista, vinieron éstos a decir, se distinguía porque todo lo que había sido o parecido firme se desvanecía en el aire; proceso de sublimación que se precipitó una centuria después, cuando la prosperidad subsiguiente a la hecatombe mundial trajo consigo —junto con otros factores— un nuevo espíritu del tiempo. De la moral puritana se pasó al ethos individualista y hedonista; del auge de los ídolos a su solo aparente crepúsculo; de la sucesión de estilos puros a su promiscuidad; de las utopías que buscaban la consumación del futuro al culto a la consumición del ahora; y de la reverencia a la Verdad una y mayúscula, en fin, a la coexistencia de verdades relativas, minúsculas y plurales.

En 1979, J.F. Lyotard ofició el bautizo de la época recién nacida, tomando prestado el vocablo de la jerga arquitectónica: confrontada a la seriedad y la coherencia, la conciencia social y la subordinación de la forma a la función propias de la arquitectura moderna —la de Lloyd Wright, Le Corbusier o la Bauhaus—, la arquitectura posmoderna sería estetizante, incoherente y jovial, ecléctica y sincrética incluso, mucho menos atenta a la función que a la forma y su embrujo. El despilfarro abigarrado y kitsch de Las Vegas fue ensalzado, por Robert Venturi, como el rutilante emblema de esa arquitectura; metáfora a su vez de la entera época que culminó hacia 1990, cuando el neocon Francis Fukuyama decretó el presunto "fin de la Historia" y el triunfo sempiterno del capitalismo.

La posmodernidad que resultó de semejante hundimiento muestra, vista con perspectiva, un saldo plural de virtudes y defectos, como cualquier época histórica. Entre las virtudes se cuenta la extensión de las libertades, garantías y derechos; el medro de las clases medias y el acceso al confort y al consumo de una porción de las subalternas; el reemplazo de las rígidas ortodoxias por la heterodoxia y el relativismo; la relajación de los tabúes y los dogmas, así como la atmósfera de tolerancia y pluralidad asociada a la vida urbana. Por vez primera en la historia, millones de personas otrora desposeídas se sentían llamadas a sentarse a la mesa de los escogidos, en alas del Estado-providencia y, ante todo, de un Progreso en apariencia imparable. A finales de los años noventa, cuando tamaño ensueño culminó, Europa y el sedicente "Primer Mundo" semejaban un balneario de instalados y rentistas, cuyos inexpugnables muros contenían el oleaje de la planetaria indigencia.Con sustancial razón, Lyotard observó que el rasgo más distintivo de tal posmodernidad era la caída de las grandes narrativas que habían sustentado el edificio moderno, esto es, de las ideologías emancipadoras que lo habían inspirado desde, cuando menos, la Ilustración de Kant y Voltaire hasta la ufana década de 1960. El derrumbe apenas dejó títere con cabeza. En primer lugar, el milenario relato cristiano de la emancipación redentora devino en asunto de elección personal, y ya no en dogma de fe obligatorio, en un Occidente embriagado por la secularización, la libertad sexual y la tecnolatría. En segundo lugar, el relato ilustrado de la emancipación de la ignorancia y la servidumbre por la educación y la Razón había sufrido una doble erosión, debida por un lado a los totalitarismos generados en la culta Europa, y por otro al creciente dominio de una razón crudamente instrumental que, más allá de la esfera económica, estaba engullendo múltiples vertientes de la vida pública y privada. En tercer lugar, el relato liberal-burgués que prometía la emancipación de la pobreza gracias al mercado libre fue cuestionado por la flagrante desigualdad en la distribución de la riqueza —dentro de los Estados y entre ellos—, y por un expolio medioambiental que empezó a hacerse patente por entonces, sobre todo cuando el Club de Roma alertó sobre los límites del crecimiento. Y por último, el gran relato marxista de la emancipación de las mayorías mediante la socialización de los recursos —de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad: esa auroral utopía que había galvanizado el mundo— resultó en fosca distopía cuando la doble caída del Muro de Berlín y la URSS revelaron el horror del estalinismo, décadas antes denunciado por pensadores como Camus, Merleau-Ponty o Koestler.


Añádanse a tales penurias otras de comparable fuste, a fin de otear el paisaje. Así, la rampante mercantilización de la práctica totalidad de los ámbitos sociales, incluidos los de tenor espiritual y artístico. Y la erosión de la frágil secuencia temporal humana en una época señalada, en palabras de Fredric Jameson, por no saber ni querer pensarse históricamente. Y la proclividad, alentada por la sociedad del espectáculo, a la trivial estetización de la economía y la política, de la ética y la ciudad, del cuerpo y los sentimientos, de la naturaleza y la guerra. Y la irresponsabilidad de buena parte de los ciudadanos, que a su condición de súbditos que se ignoran —de una democracia carcomida por la demagogia, la corrupción y el decisionismo, por cierto— añaden el desvarío de sentirse cómplices del mismo sistema que los sojuzga, como se echa de ver en este trance aciago. Y, en fin, la miopía de unas generaciones que se han creído propietarias de un presente pletórico y eterno, una utopía del ahora y el aquí que ha hipotecado el porvenir de las futuras.Entre las carencias y defectos de la posmodernidad, no obstante, debe incluirse la desactivación del talante y del talento críticos, tan patente en los ámbitos pedagógico y político. O la tendencia a orillar la problemática del mal en aras de un narcisismo que atrofia los vínculos solidarios, fomenta la desafiliación e induce el "declive del hombre público", en palabras de Richard Sennet. O el relevo de la ética del ser por la del tener, espoleado por un consumismo basado en la creación de necesidades y deseos superfluos. O la sustitución de las ideologías continentales por un archipiélago de islotes ideológicos ––feministas, ecologistas, poscolonialistas o identitarias––, tan dispersos que se muestran incapaces de enfrentar la tecnoburocracia globalizada. O la anemia de un pensamiento de izquierdas confinado al reducto erudito, que a fuer de servil resulta inofensivo e inane.


De unos años a esta parte, sea como fuere, esa ambivalente posmodernidad da muestras de patente agonía, arrancada de su quimera jovial por una cadena de seísmos en los que Occidente se juega el bienestar que le queda, amenazado extramuros por una globalización que está desplazando hasta ambas orillas del Pacífico los centros de control y riqueza. Y amenazado también, intramuros, por el casi unánime delirio de opulencia que nos ha emplazado ante el precipicio: ideológica, política y éticamente desarmados cuando más urgente resulta disponer de criterios para conducirnos con tiento, conciencia y temple, inspirados por esa antigua sabiduría humanista que sugiere la autolimitación y la mesura. Es hora de despabilar: la posmoderna mojiganga ha terminado. La crisis epocal que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería política, ética y estética que por desgracia colea aún. Y también el de urgirnos a rehabilitar la plural herencia del Humanismo y la Ilustración en este nuevo tiempo penumbral, a fin de tornarnos lúcidos y éticos, sobrios y solidarios, cívicos y compasivos. Con las debidas cautelas, será menester poner al día los viejos idearios de emancipación y concebir otros de cuño actualizado y distinto, porque al despertar la modernidad capitalista sigue todavía aquí, aunque más desregulada, ensoberbecida y digitalizada que nunca.


Lluís Duch es antropólogo y monje de Montserrat. Albert Chillón es director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB. Ambos son coautores de Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación, vol. I, que el próximo marzo publica la editorial Herder.

Tomado de El País.

martes, junio 05, 2012


La historia según Bertrand Russell 

De todos los estudios mediante los cuales los hombres adquieren la ciudadanía en la comunidad intelectual, ninguno es tan indispensable como el del pasado. Saber cómo se ha desarrollado el mundo hasta el momento en que empieza nuestro recuerdo individual; saber cómo han llegado a ser lo que son las religiones, las instituciones, las naciones en las que vivimos; estar familiarizados con los grandes hombres de otros tiempos, cuyas costumbres y creencias diferían ampliamente de las nuestras es, todo ello, indispensable para tener consciencia de nuestra situación, y para emanciparnos de las circunstancias accidentales de nuestra educación. La historia no es sólo valiosa para el historiador, para el estudioso de archivos y documentos, sino también para cuantos son capaces de un examen contemplativo de la vida humana. Con todo, el valor de la historia es tan multiforme que aquéllos a quienes uno de sus aspectos llama la atención con especial fuerza están en peligro constante de descuidar todos los demás.

1
La historia es valiosa, digamos para empezar, porque es verdadera; y esto, aunque no constituye todo su valor, es el fundamento y la condición de todo lo demás. Parece al menos probable que todo el saber, como tal, es en cierto grado bueno; y el conocimiento de cualquier hecho histórico posee, al menos, este elemento de bondad, aunque no poseyera ningún otro. La mayoría de los historiadores modernos parecen considerar a la verdad como único componente del valor de la historia. Sobre esta base exigen que el historiador se borre a sí mismo ante el documento; temen que una intrusión de su propia personalidad implique cierto grado de falsificación. Debe procurarse la objetividad ante todas las cosas, dicen; hay que limitarse a narrar los hechos y dejar que estos hablen por sí mismos —si tienen lengua—. Se sigue, como parte de esta posición, que todos los hechos son igualmente importantes. Y aunque esta doctrina nunca puede ser plenamente aplicada en la práctica, parece cernerse sobre muchos espíritus como un ideal hacia el que la investigación puede aproximarse gradualmente.

Sería absurdo discutir la opinión de que la narración histórica ha de basarse en el estudio de los documentos. Sólo éstos dan prueba de lo que realmente ocurrió; y está claro que la historia no verdadera no puede tener gran valor. Por otra parte, hay más vida en un documento que en cincuenta historias (omitiendo algunas de las mejores); por el mero hecho de contener lo que pertenece al tiempo pasado real, el documento tiene una vida muerta extrañamente viva, como la que pertenece a nuestro propio pasado cuando un sonido o un olor nos lo evoca. Y una historia escrita después de los acontecimientos difícilmente puede hacernos sentir que los actores ignoraban el futuro; es difícil creer que los últimos romanos no supieran que su imperio estaba a punto de caer, o que Carlos I fuera inconsciente de hecho tan notorio como su propia ejecución.

Pero si los documentos son, en tantos sentidos, superiores a cualquier historia reflexionada, ¿qué función le queda al historiador? Está, para empezar, la tarea de selección. Es fácil que todos estén de acuerdo en este punto, pues los materiales son tan abundantes que resulta imposible presentarlos todos de manera exhaustiva. Sin embargo, lo que no siempre se comprende es que la selección supone un patrón de valor entre los hechos e implica, consiguientemente, que la verdad no es el único objetivo que la acción de registrar el pasado se propone. Todos los hechos son igualmente verdaderos; y hacer una selección entre ellos solamente es posible mediante un criterio distinto al de su verdad. La existencia de tal criterio es algo obvio; nadie mantendrá, por ejemplo, que los pequeños escándalos de la Restauración registrados por Grammont son tan importantes como la cartas sobre las matanzas piamontesas por las que Milton, en nombre de Cromwell, emplazó a los calmosos potentados de Europa.

Puede decirse, sin embargo, que el único principio de selección verdadero es el puramente científico; deben considerarse importantes los hechos que conduzcan a la determinación de leyes generales. Es imposible adivinar si existirá alguna vez una ciencia de la historia; en todo caso, lo cierto es que esta ciencia en la actualidad no existe, salvo, en cierto leve grado, en el campo de la economía. Para que sea aplicable el criterio científico de importancia en la selección de los hechos, es necesario que se elaboren dos o más hipótesis, cada una de las cuales explique gran número de hechos, y que se descubra un hecho crucial que sirva para elegir alguna de ellas. En las ciencias inductivas los hechos son importantes sólo en relación con las teorías, y las teorías nuevas dan importancia a los nuevos hechos. Así, por ejemplo, la doctrina de la selección natural dio importancia a todas las especies transitorias e intermedias, a la existencia de rudimentos de órganos, y al registro embriológico de la descendencia. Pero difícilmente puede mantenerse que la historia haya alcanzado, o esté a punto de alcanzar, un punto en que tales patrones sean aplicables a los hechos históricos. La historia, considerada como cuerpo de verdades, parece destinada a continuar siendo por mucho tiempo casi puramente descriptiva. Las generalizaciones que se han sugerido —omitiendo la esfera de la economía— son, en su mayor parte, tan claramente insostenibles que ni siquiera merece la pena refutarlas. Burke argüía que todas las revoluciones finalizan en tiranías militares, y predijo el advenimiento de Napoleón. En la medida en que su razonamiento se basaba en la analogía con Cromwell fue un hallazgo afortunado, pero en ningún caso una ley científica. Es cierto que no siempre se necesitan muchos ejemplos para determinar una ley, siempre que las circunstancias esenciales y relevantes puedan discernirse fácilmente. Sin embargo, en la historia son relevantes tantas circunstancias de naturaleza pequeña y accidental, que no resultan posibles las uniformidades amplias y sencillas.

Hay otro punto en contra de esta concepción de la historia como ciencia sólo o principalmente causal. Cuando nuestro principal objetivo es descubrir leyes generales, las consideramos intrínsecamente más valiosas que los hechos que éstas interrelacionan. En astronomía está claro que es de más valor conocer la ley de la gravitación que la posición de un planeta determinado durante una noche particular o incluso durante todas las noches del año. En la ley hay un esplendor, una simplicidad y una sensación de dominio, que ilumina una enorme masa de detalles de otro modo carentes de interés. Lo mismo ocurre en la biología: hasta que la teoría de la evolución dio significado a la aturdidora variedad de estructuras orgánicas, los hechos particulares sólo eran interesantes para el naturalista. Pero en la historia la cuestión es muy distinta. Es cierto que en economía los datos se subordinan a menudo a las empresas de la ciencia que se basan en ellos, pero en todos los demás campos los datos son más interesantes y la superestructura científica menos satisfactoria. Muchos de los hechos históricos tienen un valor intrínseco, un profundo interés por sí mismos que los hace merecedores de estudio con absoluta independencia de la posibilidad de ligarlos entre sí por medio de leyes causales.

El estudio de la historia se recomienda a menudo por su utilidad respecto de los problemas de la política actual. Es imposible negar que la historia tiene gran utilidad en este terreno, pero es necesario limitar y definir muy cuidadosamente el tipo de orientación que debe esperarse de ella. Las «enseñanzas de la historia», en el sentido superficial de la expresión, presuponen el descubrimiento de leyes causales, generalmente de muy amplio alcance; y las «enseñanzas» de esta especie, aunque en determinados casos pueden no ser perjudiciales, siempre son teoréticamente infundadas. En el siglo XVIII constantemente, y ocasionalmente en nuestros días, se extraían de Grecia y de Roma argumentos acerca del valor de la libertad o de la democracia; según las inclinaciones del autor, se atribuían a estas causas su grandeza o su decadencia. ¿Puede haber algo más grotesco que la retórica de los romanos aplicada a las circunstancias de la Revolución Francesa?

La organización de una Ciudad-Estado, basada en la esclavitud, sin instituciones representativas y sin imprenta, es algo tan alejado de una democracia moderna que convierte cualquier analogía, como no sea muy vaga, en algo totalmente frivolo e irreal. También respecto del imperialismo se sacan argumentos de los éxitos y fracasos de los antiguos. ¿Creeremos, por ejemplo, que Roma se arruinó por la perpetua extensión de sus fronteras? ¿O creeremos, con Mommsen, que el fracaso en conquistar a los germanos entre el Rhin y el Danubio fue uno de sus más fatales errores? Estos argumentos se manejan siempre según los prejuicios del autor; y todos, aunque contengan cierto grado de verdad respecto del pasado, son completamente inaplicables a la época actual.

El mal es mayor cuando se considera que la historia enseña alguna doctrina filosófica general, como que el Derecho es, a la larga, Poder, que la Verdad prevalece siempre finalmente, o que el Progreso es una ley universal de la sociedad. Todas estas doctrinas exigen, para su fundamentación, una cuidadosa elección de lugar y de tiempo; y, lo que es peor, una falsificación de valores. Carlyle es un flagrante ejemplo de este peligro. En el caso del puritanismo, le condujo a justificar todos los actos de impaciencia y de ilegalidad de Cromwell, y a finalizar arbitrariamente su análisis en 1658; es imposible decir cómo explicaba la Restauración. En otros casos, ese peligro le extravió todavía más. A menudo resulta difícil descubrir de qué lado está el Derecho, mientras que el Poder es visible a todos los hombres; de este modo la doctrina de que el Derecho es Poder se convierte insensiblemente en la creencia de que el Poder es Derecho. De ahí que se ensalce a Federico, Napoleón y Bismarck, y de ahí el desprecio despiadado por los negros, los irlandeses y las «treinta mil angustiadas costureras». En tal sentido, cualquier teoría general que afirme que todo es lo mejor posible se ve obligada por los hechos a defender lo indefendible.

Pese a todo, la historia tiene una función con respecto a las cuestiones corrientes; pero se trata de un función menos directa, menos precisa y menos decisiva. En primer lugar, puede sugerir máximas menores cuya verdad, cuando se proponen por vez primera, puede advertirse sin la ayuda de los acontecimientos que las sugirieron. Así ocurre en buena medida en la economía, donde la mayoría de los temas implicados son sencillos. Lo mismo puede decirse, con parecida razón, de la estrategia. Cuando, a partir de los hechos, puede obtenerse un razonamiento sencillo, deducible de premisas indudables, la historia puede proporcionar preceptos útiles. Pero solamente serán aplicables cuando el fin esté ya determinado, y serán, por tanto, de naturaleza técnica. Nunca enseñarán al estadista qué fin debe éste proponerse, sino solamente, dentro de ciertos límites, cómo pueden ser alcanzados algunos fines más definidos, tales como la riqueza o la victoria en la guerra.

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La historia tiene, sin embargo, otra utilidad distinta y mayor. Amplía la imaginación y sugiere posibilidades de acción y de sentimientos que no se le habrían ocurrido a un espíritu no instruido. Selecciona los elementos significativos e importantes de las vidas pasadas, llena nuestros pensamientos de ejemplos espléndidos y del deseo de fines mayores que los que una reflexión desamparada podría haber descubierto. Relaciona el presente con el pasado, y con ello, el futuro con el presente. Hace vivo y visible el desarrollo y la grandeza de las naciones, permitiéndonos extender nuestras esperanzas más allá de la breve duración de nuestras propias vidas. De tales modos, el conocimiento de la historia puede dar a los dirigentes políticos o a nuestra reflexión diaria una amplitud y un ámbito inalcanzables para quienes limitan su concepción al presente.

Lo que para nosotros significa el pasado puede juzgarse, quizá, por la consideración de esas naciones más jóvenes cuya energía y cuyas empresas despiertan la envidia de Europa. En ellas vemos desarrollarse un tipo de hombre, dotado de todas las esperanzas del Renacimiento o del Siglo de Pericles, convencido de que sus más vigorosos esfuerzos realizarán fácilmente cualquiera de las cosas que resultaron demasiado difíciles para las generaciones que le han precedido. Ignorante y despreciativo de los deseos que animaron a esas generaciones, inconsciente de los complejos problemas que intenta resolver, sus rápidos éxitos en cuestiones relativamente sencillas despiertan en él la confiada creencia de que el futuro le pertenece. Pero para quienes han crecido rodeados de los monumentos de hombres y proezas de querida memoria, hay una curiosa falta de consistencia en los pensamientos y emociones que inspiran su confianza; el optimismo parece sostenido por una búsqueda demasiado exclusiva de lo que puede conseguirse fácilmente, y las esperanzas no se convierten en ideales mediante el hábito de valorar los acontecimientos comunes por su relación con la historia del pasado. Se desprecia lo que difiere del presente. Este temple mental no puede admitir que hubiera grandes hombres entre quienes en nada contribuyeron al dominio de Mammón; ni que la sabiduría puede residir en aquéllos cuyos pensamientos no están dominados por la máquina. Acción, Éxito y Cambio son sus lemas; que la acción sea noble, que el éxito lo sea de una buena causa o el cambio una mejora en algo distinto de la riqueza, son cuestiones que no hay tiempo de plantear. Contra este espíritu en que toda ociosidad, toda preocupación por los fines de la vida, se sacrifican a la lucha por ser los primeros en una carrera sin sentido, la historia y el hábito de vivir con el pasado son antídotos seguros; en nuestra época estos antídotos son más necesarios que nunca.

El recuerdo de las grandes hazañas es una derrota para el Tiempo, pues prolongan su poder mucho después de que estas hazañas y sus autores hayan sido devorados por los abismos de la inexistencia. Respecto del pasado, donde la contemplación no resulta oscurecida por el deseo y la necesidad de acción, vemos más claramente que en las vidas que discurren ante nuestros ojos el valor, para bien o para mal, de los fines que los hombres han perseguido y de los medios que han adoptado para alcanzarlos. Es bueno considerar, de vez en cuando, el presente como si fuera ya pasado, y examinar cuáles de sus elementos enriquecerán el depósito de posesiones permanentes del universo, cuáles vivirán y darán vida cuando nosotros y toda nuestra generación hayamos desaparecido ya. A la luz de esta contemplación, toda la experiencia humana se transforma, y se elimina lo sórdido o lo personal. A medida que crecemos en sabiduría, se abre para nuestros ojos la caja de los tesoros de todas las épocas; cada vez más aprendemos a conocer y a amar a los hombres por cuya entrega es nuestra esa riqueza. Gradualmente, por la contemplación de las grandes existencias del pasado, se hace posible una comunión mística, que llena el alma como de música de un coro invisible. Todavía, desde el pasado, nos llaman las voces de los héroes. Al igual que, desde un elevado promontorio, la campana de una antigua catedral, incambiada desde el día en que el Dante volvió del reino de la muerte, nos envía aún su solemne advertencia a través de las aguas, así sus voces resonarán a través del mar del tiempo; todavía, como antaño, sus tonos de profunda calma hablan de las solitarias torturas de la aspiración enclaustrada, colocando la serenidad de lo eterno en el lugar de las inciertas luchas contra goces innobles y placeres transitorios. No son escuchadas por todos; pero hablan a los aires de los cielos, y éstos repiten el relato a los grandes hombres de los días posteriores. Los grandes hombres no son nunca solitarios; de la noche les llegan las voces de los que se han ido antes, claras y animosas; y así, a través de los tiempos, avanza una poderosa procesión, orgullosa, intrépida, inconquistable. Unirse a esta arrogante compañía, engrosar las huestes inmortales de aquellos a quienes el destino no ha podido vencer, puede no ser la felicidad; pero ¿qué es la felicidad para quienes tienen el alma colmada de la música celestial? Se les ha dado algo mejor que la felicidad: conocer la amistad de los grandes hombres, vivir bajo la inspiración de elevados pensamientos, y ser iluminados en todas las vacilaciones por la luz de la nobleza y la verdad.

La historia es, sin embargo, algo más que la relación de los hombres individuales, por grandes que sean: su ámbito es la biografía no sólo de los hombres, sino del Hombre; es presentar la larga sucesión de las generaciones como los pensamientos transitorios de una vida continua; es trascender su ceguera y brevedad en el lento despliegue del tremendo drama en el que todos tienen un papel. En las migraciones de las razas, en el nacimiento y la muerte de las religiones, en el ascenso y caída de los imperios, las unidades inconscientes, sin propósito alguno más allá del presente, han contribuido, sin advertirlo, al desfile triunfal de las épocas; desde la grandeza del conjunto, un aliento de grandeza sopla sobre cuantos participan en la marcha. En ello reside el misterioso poder de la historia oscura que está más allá de los documentos escritos. Ahí no se conoce más que las oscuras líneas generales de grandes acontecimientos, y no se recuerdan las vidas individuales que van y vienen. A lo largo de incontables generaciones, hijos olvidados han reverenciado las tumbas de olvidados padres, madres olvidadas han engendrado guerreros cuyos huesos blanquean las silenciosas estepas del Asia. El fragor de las armas, los odios y las opresiones, los conflictos ciegos de naciones mudas, perduran todavía como el fragor de una cascada lejana; lentamente, de la contienda, surgen las naciones que ahora conocemos, con un legado de poesía y piedad transmitido por el pasado enterrado.

Y esta cualidad, que es todo lo que nos queda de los tiempos prehistóricos, es propia también de los períodos posteriores, en los que el conocimiento de los detalles puede oscurecer el movimiento del conjunto. También aquí, con todos nuestros actos, jugamos nuestro papel en un proceso cuyo desarrollo no podemos barruntar: incluso los hombres más oscuros son actores en un drama del que sólo conocemos su grandeza. No podemos decir si será alcanzado algún objetivo valioso; pero el drama mismo, en todo caso, está lleno de grandeza titánica. El historiador ha de poner de relieve esta cualidad entre la embarazosa multitud de detalles irrelevantes. A partir de los antiguos libros, en donde están embalsamados los amores, las esperanzas y las creencias de las generaciones pasadas, el historiador evoca imágenes ante nuestros espíritus, imágenes de comportamientos elevados y valientes esperanzas, vivas todavía por sus cuidados, a pesar del fracaso de la muerte. Con todo lo envuelto en el olvido, el historiador debe componer nuevamente, en cada época, el epitafio de la vida del Hombre.

Sólo el pasado es verdaderamente real; el presente no es más que un penoso nacimiento al ser inmutable de lo que ya no es. Sólo lo muerto existe plenamente. Las vidas de los vivos son fragmentarias, inciertas y cambiantes; las de los muertos, completas, libres del yugo del Tiempo, todopoderoso señor del mundo. Sus éxitos y fracasos, esperanzas y temores, alegrías y penas se han convertido en eternos; y nuestros esfuerzos no pueden abatir un ápice de ellos. Pesares enterrados en la tumba, tragedias de las que sólo queda un recuerdo lejano, amores inmortalizados por la santa imposición de manos de la Muerte: todos tienen un poder, una tranquilidad mágica, intocable, a la que nada presente puede alcanzar.

Año tras año mueren los camaradas, muestran ser vanas las esperanzas, se desvanecen los ideales; la tierra encantada de la juventud queda más lejos, el camino de la vida se hace más tedioso, aumenta el peso del mundo hasta que el trabajo y las penas se hacen casi demasiado pesadas de soportar; la alegría se desvanece en las fatigadas naciones de la tierra, y la tiranía del futuro mina la fuerza vital de los hombres; todo lo que amamos se decolora, en un mundo agonizante. Sin embargo, el pasado, devorando siempre los productos del presente, vive por la muerte universal; firme e irresistiblemente añade nuevos trofeos a su templo silencioso, construido por todas las épocas; allí están enterradas todas las proezas, todas las vidas magníficas, todas las conquistas y fracasos heroicos. Por las orillas del río del Tiempo, la triste procesión de las generaciones humanas camina lentamente hacia la tumba; en el apacible país del Pasado, la marcha finaliza: ahí se quedan los cansados vagabundos, y todos sus llantos enmudecen.

En Ensayos filosóficos
Traducción de Juan Ramón Capella
Imagen: Florence Vandamm

Tomado de Ignoria Biblioteca Hogar

viernes, enero 06, 2012

Algún día tendrás la razón

Por Gustavo Gorriti

Steve Jobs, el gran hombre cuya influencia en cambiar el mundo para bien, persistirá por varias generaciones, murió hoy. Aunque se sabía de su lucha por sobrevivir, todos sus admiradores esperábamos en verdad que Jobs venciera otra vez a la muerte y prosiguiera encantando nuestra vidas con aquella combinación constantemente renovada de tecnología y belleza que hizo única su presencia y su legado.

Hace unos meses escribí un artículo sobre Steve Jobs y la muerte. Lo vuelvo a publicar ahora como homenaje y despedida al genio, que muere en el punto más alto de su extraordinaria capacidad creativa y su incondicional demanda de excelencia.


(Columna publicada originalmente el 27 de enero de 2011 en la edición 2165 de la revista ‘Caretas’)

“Si vives cada día como si fuera el último, algún día ciertamente tendrás la razón”. Era junio de 2005 en la ceremonia de graduación de la universidad de Stanford, y el orador principal, Steve Jobs, el genio fundador de Apple, empezaba –recordando una cita que impresionó su adolescencia– el tercer tema de su discurso: la muerte.

Hace pocos días, este mes de enero, Jobs tomó una licencia médica que lo aleja parcialmente de Apple. Es la tercera en diez años, y como se sabe que las dos anteriores fueron por razones graves (cáncer al páncreas, transplante de hígado), la ansiedad entre los accionistas de Apple ensombreció las espectaculares cifras de crecimiento de la compañía que otrora fuera el símbolo de la singularidad creativa, la minoría estética, la rebeldía informática. Pero hoy Apple es la empresa que impera en el ámbito de la tecnología luego que el año pasado destronara a Microsoft en valor de mercado.

En 2005, Apple ya había convertido hace tiempo la rebeldía en éxito y riqueza, y Steve Jobs tenía una presencia emblematica en casi todos los temas de la mitología estadounidense de surgimiento de la desventaja al triunfo. El comienzo en el garaje; el exilio; el retorno y el triunfo; el gran producto: en la carrera de Steve Jobs se tocaba casi todas las bases de la imaginación mítica estadounidense: el joven pobre con un sueño, el inventor, el pionero, el comeback kid, el triunfador.

Era el orador ideal para el discurso de graduación en una de las universidades más prestigiosas (y ciertamente no de las más baratas) del mundo ese junio de 2005. El discurso, sin embargo, tuvo mucho de inesperado.

Jobs empezó diciéndole a los jóvenes graduados que él jamás se graduó. Que, de hecho, abandonó la universidad a la que sus padres adoptivos, de la clase trabajadora, lo enviaron invirtiendo todos sus ahorros, a los pocos meses de haber ingresado.

“Abandonar la universidad fue una de las mejores decisiones que tomé” dijo Jobs a una audiencia en ese momento silenciosa. No le encontró utilidad a un programa de estudios cuyo costo empobrecía a sus padres. Sin embargo, persistió algunos meses como alumno libre tomando cursos sobre temas que le fascinaban, aunque parecieran inútiles, como uno de caligrafía, que lo adentró en una “sutileza artística que la ciencia no puede capturar”.

Eso le costó. Contó a los estudiantes cómo tuvo que dormir en el piso, recolectar y vender botella vacías de Coca Cola para comer. Y cómo cruzaba caminando la ciudad una vez por semana para tener una cena respetable en el local de los Hare Krishna.

Nada de lo hecho entonces parecía tener valor práctico, relató Jobs, excepto como una suerte de trocha precaria hacia el fracaso. Pero, años después, al diseñar la primera Macintosh, “todo lo aprendido regresó”. La clase de caligrafía inspiró la tipografía de la Mac, que luego se generalizó gracias a la copia de Windows. “Si no hubiera abandonado los estudios, no hubiera caído nunca en esa maravillosa clase de caligrafía”, dijo Jobs.

Tal el poder de la caligrafía. Me hizo recordar una película china, “Héroes”, en la que el maestro y los aprendices de una escuela de caligrafía siguen practicando su arte con devota disciplina mientras llueven las flechas del enemigo que asedia el lugar.

Jobs habló luego sobre el terrible golpe que fue inicialmente para él ser expulsado, a los treinta años, de la compañía que había creado (junto con Steve Wozniak) y convertido en diez años de dos jóvenes en un garaje a una empresa de, entonces, 4 mil empleados y dos mil millones de dólares de valor.

Pero, como “amaba lo que hacía”, decidió empezar de nuevo y “el peso del éxito fue reemplazado por la levedad de ser de nuevo un principiante”. Fue, dijo Jobs, “lo mejor que me pudo pasar”.
Y ese camino de retorno y de vindicación se hizo posible porque “la única manera de estar verdaderamente satisfecho es si haces lo que crees que es un gran trabajo y la única forma de realizar un gran trabajo es amar lo que haces”.

En la última parte de ese extraordinario discurso, Jobs habló a los estudiantes sobre la muerte. A aquellos cientos de rostros jóvenes y sonrientes les recordó que ellos también van a morir y que recordarlo es “la mejor manera de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay motivo para no seguir [lo que indica] tu corazón”.

“Saber que voy a morir pronto ha sido lo más importante para ayudarme a tomar las grandes decisiones en la vida, porque casi todo –expectativas, orgullo, miedo de la vergüenza o el fracaso– se cae ante la faz de la muerte y solo permanece lo verdaderamente importante”.
Jobs acababa de ver la muerte a una distancia de lectura. Poco antes le habían diagnosticado cáncer al páncreas, cuya letalidad casi no tiene excepciones. Su caso fue, al final, una de ellas.

Aunque, dijo Jobs, “nadie quiere morir, ni siquiera la gente que desea ir al cielo”, la certeza de la muerte debe llevar a la autenticidad: “Su tiempo [de vida] es limitado, no lo desperdicien entonces en vivir una vida ajena. … no permitan que la voz de otros ahogue su propia voz, su corazón, su intuición”.

La exhortación final de ese extraordinario discurso fue tomada de una arenga impresa en la contratapa de una publicación histórica en la contracultura (o cultura alternativa) de los años 60, el “Whole Earth Catalog”: Stay hungry, stay foolish. Mantente hambriento, mantente insensato.

Así que ya saben. Si de los estudios de billonarios hablamos, George Soros estudió Filosofía; Steve Jobs estudió caligrafía, no usa focus groups y aconseja prepararse para la vida pensando en la muerte y mantenerse hambriento e insensato para lograr la realización y, quizá, la opulencia.
¿Cuándo fue la última vez que escucharon eso en un curso de gerencia? Estoy seguro que nunca. La creatividad no se expresa en Excel.

Si se examina las vidas de algunos de los grandes inventores e innovadores, hay notables factores en común. Uno es, por supuesto, que surgen con mucha mayor frecuencia en sociedades que fomentan el esfuerzo industrioso a la vez que respetan la individualidad y, por ende, la libertad. Por eso, pese a sus excesos y falta de disciplina, Estados Unidos lleva ventaja a culturas más estructuradas: muy pocas otras sociedades ofrecen la oportunidad y el estímulo a la inventiva, la iniciativa individual. En medio de sus crisis actuales, hay cientos o miles de garajes, donde otros tantos jóvenes o quienes ya no lo son, desarrollan proyectos, inventos y sueñan con superar a Jobs, superar a Gates.

Hay otro factor frecuente en los creadores: una herida primaria, un dolor recóndito en almas sensibles que una vida cuadrada y previsible jamás curará. Así, la desventaja, el contraste, incluso el trauma son a veces el impulso que lleva a lanzarse a esfuerzos ambiciosos, con el acicate del hambre que conocen bien desde los artistas hasta los boxeadores, para lograr la trascendencia que realice la creación y alivie u olvide el dolor.

Tomado de IDL Reporteros

sábado, octubre 08, 2011

El nuevo-nuevo periodismo: largo, caro y muy bueno, o corto, barato y eficiente.


Por Robert S. Boynton

Cuando publiqué The New New Journalism, en 2005, algunos cuestionaron mi afirmación de que la no ficción en formato largo pasaba por un gran momento en los Estados Unidos. ¿Acaso no era cierto que la capacidad de atención de las personas, en especial de los jóvenes, se hacía cada vez más breve? ¿Quién tenía tiempo para leer largos artículos y libros? ¿Cuántas revistas publicaban todavía artículos largos de periodismo? ¿Y no estaban también ellas desapareciendo?

Y esto fue en la era pre-Facebook y pre-Twitter –una época más simple, en la que la frase “redes sociales” conjuraba imágenes de un cóctel literario o la fiesta de lanzamiento de un libro. Luego llegó la Gran Recesión de 2008, que arrojó dudas sobre cada aspecto de nuestra economía. Aún las revistas y periódicos más poderosos peleaban por sus vidas. ¿Cómo podía yo alentar un género periodístico que luce tan atrasado, exige tanto trabajo y consume tanto tiempo?

Todas buenas preguntas, para las que sólo tengo respuestas tentativas. Mi testarudez surge de varias fuentes. En términos empíricos, he notado que, sin importar las circunstancias macroeconómicas, la gente en sociedades industriales avanzadas tiende a esperar mejores cosas en su vida (cosas más y más rápidas): teléfonos “inteligentes” multifuncionales, cámaras que producen fotografías y videos más claros, computadoras más livianas y más poderosas, televisores más grandes y delgados, y (más recientemente) tabletas. Con las constantes mejoras en hardware con el que mirar, escuchar, leer, buscar y comunicarse, ¿no es problable que sus dueños vayan a querer “contenido” (¡palabra terrible!) de similar alta calidad para mirar, leer, buscar y escuchar?

Otra parte de mi testarudez nace de mi propia experiencia como escritor y maestro. Cada otoño, al recibir a un nuevo grupo de estudiantes en NYU, lo primero que hago es darles la bienvenida a la casa del periodismo. Es una casa grande, explico, con muchos cuartos de diferente forma y diseño. Los cuartos tienen nombres como “post de blog”, “artículo de fondo”, “ensayo”, “reporte de corresponsal extranjero” y “libro”, y da la impresión de que cada año se agregan uno o dos cuartos nuevos. Para lograr una carrera larga y satisfactoria, continúo, deben encontrar un cuarto que realmente les guste, y decorarlo y diseñarlo para que refleje sus mejores atributos. Además, deben encontrar unos pocos cuartos extra en los que se sientan cómodos, ya que uno no puede vivir toda la vida en un solo cuarto. Cada cuarto tiene una función diferente, y debe ser mantenido de modo que conserve su sentido. A veces vamos al living, invitamos a nuestros amigos y hacemos una gran fiesta. Otras veces queremos estar solos, así que nos retiramos al escritorio para reflexionar sobre un tema en paz. Y hay veces en que ofrecemos una pequeña cena y luego nos vamos a la terraza para continuar una conversación particularmente intensa con un solo interlocutor. Las variaciones son, potencialmente, ilimitadas.

Ofrezco este consejo como alguien que ha trabajado exclusivamente en el costado editorial del periodismo, pero ha pensado mucho en el motor económico que lo impulsa. Después de todo, una de las leccinoes de la última década es que todos, en cierto sentido, nos recostamos en el costado financiero también. Algunos de mis colegas lo llaman “periodismo entrepreneur”, aunque yo lo veo simplemente como pensar como un periodista free-lance (lo fui durante una década). Durante esos días de rebusque, aprendí una verdad que el costado de negocios del periodismo sólo está comenzando a aceptar ahora: ningún periodista, u organización periodística, puede sostenerse con un único modelo de negocios. Para sobrevivir, escribí críticas literarias y ensayos (por los que se paga una miseria), para avanzar en mi investigación y reflexión sobre artículos largos (por los que se paga más). Escribí para revistas de mujeres y de viajes (que pagan una fortuna), tanto por las oportunidades de escritura como por la oportunidad de viajar y encontrar nuevas historias. No era el más exitoso de los periodistas de mi generación, pero tampoco el menos exitoso. Me las arreglé para crearme una buena reputación y, más importante aún, para pasarla bien.

Mis andanzas por la casa del periodismo se vieron facilitadas por mi departamento pequeño, barato. Pero fueron posibles porque pagué por cada cuarto lo que valía. No esperaba vivir de críticas literarias y ensayos, y no aceptaba sólo los encargos que pagaban bien. Los combinaba tanto como podía, y creo que quienes quieran superar los desafíos económicos del periodismo deben intentarlo también.

Compararía el pensamiento actual sobre modelos de negocios con el constructor que sólo hace centros comerciales. Lo que necesitamos, dicta este pensamiento, son tantos espacios abiertos, grandes y de diseño simple como sea posible, para que entren las masas. El periodismo contemporáneo ha derribado las paredes y quiere que todo el mundo se siente en la misma habitación (por lo general, la más llena y ruidosa de la casa). Una colección de casas idiosincráticas, cada una con cuartos de diferentes tamaños, es algo demasiado confuso y desordenado, dice este pensamiento. No: el truco es “ser grande” y dar enormes fiestas a las que todo el mundo esté invitado. ¿De qué otro modo puede un website atraer millones de “hits’?

Lo que no significa que no hay buenas noticias en el mundo periodístico. Las hay. Es importante recordar que, por más amenazados que se sientan los periodistas, la noticia más importante es que nunca antes tantas personas tuvieron acceso a tan diversa y enorme provisión de información. Y nunca antes han consumido tanto de ella. Esto es innegablemente cierto, y de gran beneficio para la humanidad. La audiencia para el periodismo nunca ha sido tan grande. Si el negocio del periodismo está en problemas, el problema no es que hay poca demanda para su producto. Las websites de diarios como el New York Times, el Washington Post y Los Angeles Times son visitadas por decenas de millones de lectores cada mes. Si el periodismo está muriendo, el funeral tendrá la mayor cantidad de asistentes de la historia.

Pero si un vasto número de personas quieren consumir periodismo, también quieren consumirlo según su conveniencia y a su propia manera. No es tanto que quieran las llamadas “noticias personalizadas” (el Santo Grial de los ‘agregadores’ de noticias) como que quieren controlar lo que consumen. Esto es algo que las industrias de entretenimiento y de comunicaciones entienden, y es la razón por la cual ha habido una explosión de la cantidad de modos en que podemos escuchar música, ver películas y hablar entre nosotros. Estas industrias entienden que si no satisfacen al cliente, morirán.

En este sentido, es el periodismo el que ha fallado al público, y no al revés. Pese a su conversión en el lecho de muerte a la iglesia de Internet, las empresas periodísticas todavía quieren que sus clientes consuman sus artículos de la misma manera en que siempre lo han hecho. (La noción de que Internet destruyó las noticias de los diarios y de la televisión es un mito. La circulación de los diarios venía en declive desde hacía un tiempo antes de que apareciera Internet). Sin duda, ponen sus artículos en la web, incluso le agregan video, audio y gráficos interactivos. Lo que estas empresas han creado es meramente la apariencia de una gran casa. Pero en lugar de cuartos decorados individualmente, el visitante se encuentra con el mismo enorme espacio, sólo rellenado con un laberinto de estantes y huecos. La estrategia básica de combinar avisos con material periodístico y luego poner el producto en frente de las masas de clientes se mantiene prácticamente incontestado.

Si ha hecho algo al poner todo el énfasis en el modelo de avisos, la industria del periodismo ha doblado su propia apuesta –en el preciso momento en que Google y otros perfeccionaban el método para explotar cada segmento del mercado publicitario, excepto por el de mercancía de lujo (nadie googlea “Ferrari”).

¿Por qué el periodismo tradicional se encuentra en tan mal estado? Contestaré con otra pregunta: ¿en cuántas industrias exitosas que hayan usado esencialmente la misma tecnología y modelo de negocios durante un siglo entero podés pensar? El mundo ha cambiado demasiado para que esta sea una posibilidad realista.

Entre 1945 y 1985, uno de los mejores trabajos en la industria de los diarios fue el de vendedor de avisos en un diario metropolitano grande. Cada día llegaba a su oficina y simplemente levantaba el teléfono para tomar las órdenes de cada tienda de almacén y vendedor minorista de la ciudad. Mientras los periodistas y editores proveyeron suficientes artículos contra los que publicar avisos, el sistema funcionó.

Por décadas, las grandes empresas de noticias cosecharon beneficios más y más altos, atrayendo a audiencias más y más grandes. Y para atraerlas, las revistas y los diarios pusieron a sus productos un valor artificialmente bajo. No discriminaron demasiado entre los distintos tipos de consumidores a los que atraían. Sólo querían atraer la mayor cantidad posible.

Como resultado, terminaron dependiendo más y más de lectores que tenían sólo un interés superficial por el periodismo. Estos lectores sentían poca lealtad hacia marcas o modos particulares de presentar el periodismo (como leerlo en papel). Devaluaron al periodismo porque no “valía” la pena pagar por mucho de lo que producía –ciertamente en diarios de mercados medios–. No porque los editores sean estúpidos o malos, sino simplemente porque no estaba designado para que se pagara por ello. Gran parte del periodismo existía únicamente para proveer un marco para la publicidad. Esta vagancia del modelo de negocios eventualmente hizo mella en la calidad del periodismo.

Cuando cité el enorme número de gente que visita las versiones online del New York Times y otros diarios nacionales, olvidé apuntar un hecho descorazonador: la mayoría de estos “lectores” no son muy valiosos para los diarios impulsados por los avisos publicitarios. La mayoría de los lectores online no pasan mucho tiempo en los sitios webs. Un informe de 2010 del Pew Center descubrió que “el visitante promedio pasa sólo tres minutos cuatro segundos por sesión en el sitio de noticias tipo”.

Este no ha sido siempre el caso. Tan recientemente como en 2005, la mitad de los lectores de diarios en los Estados Unidos pasaba más de treinta minutos leyendo el diario. ¿Desapareció esta gente, que tenía un compromiso sustancial con el periodismo, en los últimos seis años? ¿O es que al periodismo tradicional dejó de importarle?

***

La segunda cosa que digo a mis estudiantes recién llegados es que desconfíen de cualquiera que pretenda saber qué depara el futuro al periodismo. Al riesgo de caer en esa categoría, tengo una predicción propia. En el futuro, el periodismo será o bien muy corto, o muy largo. Nada intermedio sobrevivirá.

Las noticias cortas serán información y hechos que se registren en lo inmediato y no esperen que una audiencia se quede a seguirlas. Consistirán en noticias financieras, resúmenes con enlaces (como con Twitter), y en actualizaciones de noticias pasadas que ya leíste (como las alertas de Google sobre temas que estás siguiendo). La tecnología de la información se ha vuelto muy buena en procesar este tipo de información, y porque tanto está hecho por máquinas, según algoritmos, es bastante barata de producir.

En el otro extremo del espectro habrá noticias largas: artículos en profundidad, libros cortos, videos, podcasts de audio –todos requerirán la atención del consumidor por un largo, largo tiempo. El periodismo en formato largo es todo lo que no es el de formato corto. Es caro y requiere mucho trabajo para ser creado. Exige mucho tiempo para ser consumido. Es impredecible. No apunta a grupos particulares cuyas preferencias y comportamientos previos sean conocidos; los consumidores de noticias largas no van a ellas por razones predecibles o identificables. Porque es creado de la nada, debe seducir, convencer y atraer a sus consumidores. Por lo tanto, la forma en que es presentado es extremadamente importante. Si es impreso, el diseño debe ser elegante. Si es en la web, debe ser cómodo, accesible y portable. Sin importar el medio, lo más probable es que incluya fotografías deslumbrantes, video, audio –o alguna combinación creativa de todas.

En el futuro, la economía de lo largo/corto será lo único que importe en el periodismo. Mirando hacia atrás, estamos descubriendo que el tamaño de la audiencia ha sido sistemáticamente sobrevaluado. Hemos cometido un error de categorías, al confundir (y hacer equivaler) a los consumidores de noticias cortas con los consumidores de noticias largas. Los dos son importantes y los dos deben ser contados. Pero no deben ser contados juntos. Actualmente los medimos aproximadamente del mismo modo: un click es un click. Hay estudios que muestran que un número pequeño de lectores comprometidos generan la mayor cantidad de páginas vistas. Visitan los sitios que les gustan con mayor frecuencia, miran más páginas, y pasan más tiempo en el sitio. Son lectores de formas largas y deberían ser contados como tales. En el futuro, no debemos solamente medirlos de modos diferentes sino diseñar todo de modo diferente en sus experiencias mediáticas. Los lectores de formas cortas, no comprometidos, necesitan obtener las noticias básicas del modo más eficiente posible, y pagarán por ese privilegio. Los lectores de formas largas, comprometidos, deben sentirse lo más cómodos que sea posible para que disfruten el lujo del periodismo que aman. Y también ellos pagarán por el privilegio.

Compromiso, y no números, será la característica más importante. Mientras más comprometidos sean los lectores, más posibilidades tendremos de hacer dinero con ellos –sea mediante avisos publicitarios o una variedad de otras transacciones. El beneficio del mayor compromiso no está sólo en tarifas publicitarias más altas sino en las relaciones que los editores deben construir con sus lectores más leales –una dinámica que se ha perdido en el intento de atraer a audiencia masivas.

Esta es una época de gran experimentación en periodismo. En algunos aspectos, las industrias del libro y la revista tienen ventaja por sobre los diarios y los medios audiovisuales porque su modelo de negocios era impredecible de entrada. Una vez entrevisté al distinguido editor Robert Giroux, de la editorial Farrar Strauss Giroux. “Editar libros nunca ha sido un negocio racional”, me dijo. “¿Qué empresa verdadera lanza 100.000 productos nuevos por año sin hacer un testeo o una investigación de mercado?”.

Así que puede no ser una sorpresa que mucha de la creatividad en el periodismo esté ocurriendo en la edición de libros y revistas. Aunque las ventas de libros impresos cayeron un diez por ciento en febrero, las ventas de e-books crecieron 202 por ciento. Representan hoy más del veinte por ciento de las ventas totales de libros. Las ventas de audiobooks descargables también crecieron treinta y seis por ciento en febrero, lo que interpreto como evidencia de que la gente está ansiosa por comprometerse con los libros cuando estos le son presentados en formas convenientes.

Otra gran señal de esperanza es Byliner, la nueva compañía editora y creadores del sitio en que están leyendo este ensayo. Junto con proyectos como los Kindle Singles de Amazon, las nuevas ofertas cortas digitales de Barnes and Noble, The Atavist, y curadores de revistas comoLongform.org y LongReads, Byliner apuesta a que los lectores están hambrientos por periodismo largo y bueno. Ninguna de estas empresas evita los avisos, pero tampoco dependen de ellos. Son grandes emprendimientos, todas sin excepción.

Los artículos a los que enlazo aquí debajo [todos en inglés] representan algunos de los mejores ejemplso de periodismo escrito, reporteado en profundidad, bellamente escrito que apareció en 2010. Es una lista idiosincrática, como son todas estas listas, y no pretende ser definitiva (de hecho, agregaré otros regularmente). La buena noticia es que podría haber elegido fácilmente otros incontables artículos excelentes. Si eso es un problema, es realmente uno muy afortunado.

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Mark Bowden’s The Enemy Within

Raffi Khatchadourian’s No Secrets

Michael Paterniti’s The Suicide Catcher

Michael Hasting’s The Runaway General

Texto original, en inglés, aquí.
Para ver el libro El Nuevo Nuevo Periodismo en español, aquí.
Tomado de elpuercoespín