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lunes, febrero 03, 2014
¿Qué capitalismo es el chino?

lunes, diciembre 31, 2012
La agonía de la posmodernidad
La crisis que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería
política, ética y estética que por desgracia sigue coleando aún.
Por: Lluís Duch / Albert Chillón.
Desde los años sesenta del pasado siglo hasta la quiebra que estamos viviendo, la palabra posmodernidad ha designado toda una época en la historia de Occidente, una especie de epílogo que habría tornado líquido el carácter sólido de la modernidad clásica, según Zygmunt Bauman, y hasta gaseoso, de acuerdo con la más sugestiva metáfora que en suManifiesto Comunista propusieron Marx y Engels. La modernidad capitalista, vinieron éstos a decir, se distinguía porque todo lo que había sido o parecido firme se desvanecía en el aire; proceso de sublimación que se precipitó una centuria después, cuando la prosperidad subsiguiente a la hecatombe mundial trajo consigo —junto con otros factores— un nuevo espíritu del tiempo. De la moral puritana se pasó al ethos individualista y hedonista; del auge de los ídolos a su solo aparente crepúsculo; de la sucesión de estilos puros a su promiscuidad; de las utopías que buscaban la consumación del futuro al culto a la consumición del ahora; y de la reverencia a la Verdad una y mayúscula, en fin, a la coexistencia de verdades relativas, minúsculas y plurales.
En 1979, J.F. Lyotard ofició el bautizo de la época recién nacida, tomando prestado el vocablo de la jerga arquitectónica: confrontada a la seriedad y la coherencia, la conciencia social y la subordinación de la forma a la función propias de la arquitectura moderna —la de Lloyd Wright, Le Corbusier o la Bauhaus—, la arquitectura posmoderna sería estetizante, incoherente y jovial, ecléctica y sincrética incluso, mucho menos atenta a la función que a la forma y su embrujo. El despilfarro abigarrado y kitsch de Las Vegas fue ensalzado, por Robert Venturi, como el rutilante emblema de esa arquitectura; metáfora a su vez de la entera época que culminó hacia 1990, cuando el neocon Francis Fukuyama decretó el presunto "fin de la Historia" y el triunfo sempiterno del capitalismo.
La posmodernidad que resultó de semejante hundimiento muestra, vista con perspectiva, un saldo plural de virtudes y defectos, como cualquier época histórica. Entre las virtudes se cuenta la extensión de las libertades, garantías y derechos; el medro de las clases medias y el acceso al confort y al consumo de una porción de las subalternas; el reemplazo de las rígidas ortodoxias por la heterodoxia y el relativismo; la relajación de los tabúes y los dogmas, así como la atmósfera de tolerancia y pluralidad asociada a la vida urbana. Por vez primera en la historia, millones de personas otrora desposeídas se sentían llamadas a sentarse a la mesa de los escogidos, en alas del Estado-providencia y, ante todo, de un Progreso en apariencia imparable. A finales de los años noventa, cuando tamaño ensueño culminó, Europa y el sedicente "Primer Mundo" semejaban un balneario de instalados y rentistas, cuyos inexpugnables muros contenían el oleaje de la planetaria indigencia.Con sustancial razón, Lyotard observó que el rasgo más distintivo de tal posmodernidad era la caída de las grandes narrativas que habían sustentado el edificio moderno, esto es, de las ideologías emancipadoras que lo habían inspirado desde, cuando menos, la Ilustración de Kant y Voltaire hasta la ufana década de 1960. El derrumbe apenas dejó títere con cabeza. En primer lugar, el milenario relato cristiano de la emancipación redentora devino en asunto de elección personal, y ya no en dogma de fe obligatorio, en un Occidente embriagado por la secularización, la libertad sexual y la tecnolatría. En segundo lugar, el relato ilustrado de la emancipación de la ignorancia y la servidumbre por la educación y la Razón había sufrido una doble erosión, debida por un lado a los totalitarismos generados en la culta Europa, y por otro al creciente dominio de una razón crudamente instrumental que, más allá de la esfera económica, estaba engullendo múltiples vertientes de la vida pública y privada. En tercer lugar, el relato liberal-burgués que prometía la emancipación de la pobreza gracias al mercado libre fue cuestionado por la flagrante desigualdad en la distribución de la riqueza —dentro de los Estados y entre ellos—, y por un expolio medioambiental que empezó a hacerse patente por entonces, sobre todo cuando el Club de Roma alertó sobre los límites del crecimiento. Y por último, el gran relato marxista de la emancipación de las mayorías mediante la socialización de los recursos —de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad: esa auroral utopía que había galvanizado el mundo— resultó en fosca distopía cuando la doble caída del Muro de Berlín y la URSS revelaron el horror del estalinismo, décadas antes denunciado por pensadores como Camus, Merleau-Ponty o Koestler.
Añádanse a tales penurias otras de comparable fuste, a fin de otear el paisaje. Así, la rampante mercantilización de la práctica totalidad de los ámbitos sociales, incluidos los de tenor espiritual y artístico. Y la erosión de la frágil secuencia temporal humana en una época señalada, en palabras de Fredric Jameson, por no saber ni querer pensarse históricamente. Y la proclividad, alentada por la sociedad del espectáculo, a la trivial estetización de la economía y la política, de la ética y la ciudad, del cuerpo y los sentimientos, de la naturaleza y la guerra. Y la irresponsabilidad de buena parte de los ciudadanos, que a su condición de súbditos que se ignoran —de una democracia carcomida por la demagogia, la corrupción y el decisionismo, por cierto— añaden el desvarío de sentirse cómplices del mismo sistema que los sojuzga, como se echa de ver en este trance aciago. Y, en fin, la miopía de unas generaciones que se han creído propietarias de un presente pletórico y eterno, una utopía del ahora y el aquí que ha hipotecado el porvenir de las futuras.Entre las carencias y defectos de la posmodernidad, no obstante, debe incluirse la desactivación del talante y del talento críticos, tan patente en los ámbitos pedagógico y político. O la tendencia a orillar la problemática del mal en aras de un narcisismo que atrofia los vínculos solidarios, fomenta la desafiliación e induce el "declive del hombre público", en palabras de Richard Sennet. O el relevo de la ética del ser por la del tener, espoleado por un consumismo basado en la creación de necesidades y deseos superfluos. O la sustitución de las ideologías continentales por un archipiélago de islotes ideológicos ––feministas, ecologistas, poscolonialistas o identitarias––, tan dispersos que se muestran incapaces de enfrentar la tecnoburocracia globalizada. O la anemia de un pensamiento de izquierdas confinado al reducto erudito, que a fuer de servil resulta inofensivo e inane.
De unos años a esta parte, sea como fuere, esa ambivalente posmodernidad da muestras de patente agonía, arrancada de su quimera jovial por una cadena de seísmos en los que Occidente se juega el bienestar que le queda, amenazado extramuros por una globalización que está desplazando hasta ambas orillas del Pacífico los centros de control y riqueza. Y amenazado también, intramuros, por el casi unánime delirio de opulencia que nos ha emplazado ante el precipicio: ideológica, política y éticamente desarmados cuando más urgente resulta disponer de criterios para conducirnos con tiento, conciencia y temple, inspirados por esa antigua sabiduría humanista que sugiere la autolimitación y la mesura. Es hora de despabilar: la posmoderna mojiganga ha terminado. La crisis epocal que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería política, ética y estética que por desgracia colea aún. Y también el de urgirnos a rehabilitar la plural herencia del Humanismo y la Ilustración en este nuevo tiempo penumbral, a fin de tornarnos lúcidos y éticos, sobrios y solidarios, cívicos y compasivos. Con las debidas cautelas, será menester poner al día los viejos idearios de emancipación y concebir otros de cuño actualizado y distinto, porque al despertar la modernidad capitalista sigue todavía aquí, aunque más desregulada, ensoberbecida y digitalizada que nunca.
Lluís Duch es antropólogo y monje de Montserrat. Albert Chillón es director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB. Ambos son coautores de Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación, vol. I, que el próximo marzo publica la editorial Herder.
Tomado de El País.
martes, junio 05, 2012
La historia según Bertrand Russell
En Ensayos filosóficos
Traducción de Juan Ramón Capella
Imagen: Florence Vandamm
viernes, enero 06, 2012
Algún día tendrás la razón

(Columna publicada originalmente el 27 de enero de 2011 en la edición 2165 de la revista ‘Caretas’)
sábado, octubre 08, 2011
El nuevo-nuevo periodismo: largo, caro y muy bueno, o corto, barato y eficiente.

Por Robert S. Boynton
Cuando publiqué The New New Journalism, en 2005, algunos cuestionaron mi afirmación de que la no ficción en formato largo pasaba por un gran momento en los Estados Unidos. ¿Acaso no era cierto que la capacidad de atención de las personas, en especial de los jóvenes, se hacía cada vez más breve? ¿Quién tenía tiempo para leer largos artículos y libros? ¿Cuántas revistas publicaban todavía artículos largos de periodismo? ¿Y no estaban también ellas desapareciendo?
Y esto fue en la era pre-Facebook y pre-Twitter –una época más simple, en la que la frase “redes sociales” conjuraba imágenes de un cóctel literario o la fiesta de lanzamiento de un libro. Luego llegó la Gran Recesión de 2008, que arrojó dudas sobre cada aspecto de nuestra economía. Aún las revistas y periódicos más poderosos peleaban por sus vidas. ¿Cómo podía yo alentar un género periodístico que luce tan atrasado, exige tanto trabajo y consume tanto tiempo?
Todas buenas preguntas, para las que sólo tengo respuestas tentativas. Mi testarudez surge de varias fuentes. En términos empíricos, he notado que, sin importar las circunstancias macroeconómicas, la gente en sociedades industriales avanzadas tiende a esperar mejores cosas en su vida (cosas más y más rápidas): teléfonos “inteligentes” multifuncionales, cámaras que producen fotografías y videos más claros, computadoras más livianas y más poderosas, televisores más grandes y delgados, y (más recientemente) tabletas. Con las constantes mejoras en hardware con el que mirar, escuchar, leer, buscar y comunicarse, ¿no es problable que sus dueños vayan a querer “contenido” (¡palabra terrible!) de similar alta calidad para mirar, leer, buscar y escuchar?
Otra parte de mi testarudez nace de mi propia experiencia como escritor y maestro. Cada otoño, al recibir a un nuevo grupo de estudiantes en NYU, lo primero que hago es darles la bienvenida a la casa del periodismo. Es una casa grande, explico, con muchos cuartos de diferente forma y diseño. Los cuartos tienen nombres como “post de blog”, “artículo de fondo”, “ensayo”, “reporte de corresponsal extranjero” y “libro”, y da la impresión de que cada año se agregan uno o dos cuartos nuevos. Para lograr una carrera larga y satisfactoria, continúo, deben encontrar un cuarto que realmente les guste, y decorarlo y diseñarlo para que refleje sus mejores atributos. Además, deben encontrar unos pocos cuartos extra en los que se sientan cómodos, ya que uno no puede vivir toda la vida en un solo cuarto. Cada cuarto tiene una función diferente, y debe ser mantenido de modo que conserve su sentido. A veces vamos al living, invitamos a nuestros amigos y hacemos una gran fiesta. Otras veces queremos estar solos, así que nos retiramos al escritorio para reflexionar sobre un tema en paz. Y hay veces en que ofrecemos una pequeña cena y luego nos vamos a la terraza para continuar una conversación particularmente intensa con un solo interlocutor. Las variaciones son, potencialmente, ilimitadas.
Ofrezco este consejo como alguien que ha trabajado exclusivamente en el costado editorial del periodismo, pero ha pensado mucho en el motor económico que lo impulsa. Después de todo, una de las leccinoes de la última década es que todos, en cierto sentido, nos recostamos en el costado financiero también. Algunos de mis colegas lo llaman “periodismo entrepreneur”, aunque yo lo veo simplemente como pensar como un periodista free-lance (lo fui durante una década). Durante esos días de rebusque, aprendí una verdad que el costado de negocios del periodismo sólo está comenzando a aceptar ahora: ningún periodista, u organización periodística, puede sostenerse con un único modelo de negocios. Para sobrevivir, escribí críticas literarias y ensayos (por los que se paga una miseria), para avanzar en mi investigación y reflexión sobre artículos largos (por los que se paga más). Escribí para revistas de mujeres y de viajes (que pagan una fortuna), tanto por las oportunidades de escritura como por la oportunidad de viajar y encontrar nuevas historias. No era el más exitoso de los periodistas de mi generación, pero tampoco el menos exitoso. Me las arreglé para crearme una buena reputación y, más importante aún, para pasarla bien.
Mis andanzas por la casa del periodismo se vieron facilitadas por mi departamento pequeño, barato. Pero fueron posibles porque pagué por cada cuarto lo que valía. No esperaba vivir de críticas literarias y ensayos, y no aceptaba sólo los encargos que pagaban bien. Los combinaba tanto como podía, y creo que quienes quieran superar los desafíos económicos del periodismo deben intentarlo también.
Compararía el pensamiento actual sobre modelos de negocios con el constructor que sólo hace centros comerciales. Lo que necesitamos, dicta este pensamiento, son tantos espacios abiertos, grandes y de diseño simple como sea posible, para que entren las masas. El periodismo contemporáneo ha derribado las paredes y quiere que todo el mundo se siente en la misma habitación (por lo general, la más llena y ruidosa de la casa). Una colección de casas idiosincráticas, cada una con cuartos de diferentes tamaños, es algo demasiado confuso y desordenado, dice este pensamiento. No: el truco es “ser grande” y dar enormes fiestas a las que todo el mundo esté invitado. ¿De qué otro modo puede un website atraer millones de “hits’?
Lo que no significa que no hay buenas noticias en el mundo periodístico. Las hay. Es importante recordar que, por más amenazados que se sientan los periodistas, la noticia más importante es que nunca antes tantas personas tuvieron acceso a tan diversa y enorme provisión de información. Y nunca antes han consumido tanto de ella. Esto es innegablemente cierto, y de gran beneficio para la humanidad. La audiencia para el periodismo nunca ha sido tan grande. Si el negocio del periodismo está en problemas, el problema no es que hay poca demanda para su producto. Las websites de diarios como el New York Times, el Washington Post y Los Angeles Times son visitadas por decenas de millones de lectores cada mes. Si el periodismo está muriendo, el funeral tendrá la mayor cantidad de asistentes de la historia.
Pero si un vasto número de personas quieren consumir periodismo, también quieren consumirlo según su conveniencia y a su propia manera. No es tanto que quieran las llamadas “noticias personalizadas” (el Santo Grial de los ‘agregadores’ de noticias) como que quieren controlar lo que consumen. Esto es algo que las industrias de entretenimiento y de comunicaciones entienden, y es la razón por la cual ha habido una explosión de la cantidad de modos en que podemos escuchar música, ver películas y hablar entre nosotros. Estas industrias entienden que si no satisfacen al cliente, morirán.
En este sentido, es el periodismo el que ha fallado al público, y no al revés. Pese a su conversión en el lecho de muerte a la iglesia de Internet, las empresas periodísticas todavía quieren que sus clientes consuman sus artículos de la misma manera en que siempre lo han hecho. (La noción de que Internet destruyó las noticias de los diarios y de la televisión es un mito. La circulación de los diarios venía en declive desde hacía un tiempo antes de que apareciera Internet). Sin duda, ponen sus artículos en la web, incluso le agregan video, audio y gráficos interactivos. Lo que estas empresas han creado es meramente la apariencia de una gran casa. Pero en lugar de cuartos decorados individualmente, el visitante se encuentra con el mismo enorme espacio, sólo rellenado con un laberinto de estantes y huecos. La estrategia básica de combinar avisos con material periodístico y luego poner el producto en frente de las masas de clientes se mantiene prácticamente incontestado.
Si ha hecho algo al poner todo el énfasis en el modelo de avisos, la industria del periodismo ha doblado su propia apuesta –en el preciso momento en que Google y otros perfeccionaban el método para explotar cada segmento del mercado publicitario, excepto por el de mercancía de lujo (nadie googlea “Ferrari”).
¿Por qué el periodismo tradicional se encuentra en tan mal estado? Contestaré con otra pregunta: ¿en cuántas industrias exitosas que hayan usado esencialmente la misma tecnología y modelo de negocios durante un siglo entero podés pensar? El mundo ha cambiado demasiado para que esta sea una posibilidad realista.
Entre 1945 y 1985, uno de los mejores trabajos en la industria de los diarios fue el de vendedor de avisos en un diario metropolitano grande. Cada día llegaba a su oficina y simplemente levantaba el teléfono para tomar las órdenes de cada tienda de almacén y vendedor minorista de la ciudad. Mientras los periodistas y editores proveyeron suficientes artículos contra los que publicar avisos, el sistema funcionó.
Por décadas, las grandes empresas de noticias cosecharon beneficios más y más altos, atrayendo a audiencias más y más grandes. Y para atraerlas, las revistas y los diarios pusieron a sus productos un valor artificialmente bajo. No discriminaron demasiado entre los distintos tipos de consumidores a los que atraían. Sólo querían atraer la mayor cantidad posible.
Como resultado, terminaron dependiendo más y más de lectores que tenían sólo un interés superficial por el periodismo. Estos lectores sentían poca lealtad hacia marcas o modos particulares de presentar el periodismo (como leerlo en papel). Devaluaron al periodismo porque no “valía” la pena pagar por mucho de lo que producía –ciertamente en diarios de mercados medios–. No porque los editores sean estúpidos o malos, sino simplemente porque no estaba designado para que se pagara por ello. Gran parte del periodismo existía únicamente para proveer un marco para la publicidad. Esta vagancia del modelo de negocios eventualmente hizo mella en la calidad del periodismo.
Cuando cité el enorme número de gente que visita las versiones online del New York Times y otros diarios nacionales, olvidé apuntar un hecho descorazonador: la mayoría de estos “lectores” no son muy valiosos para los diarios impulsados por los avisos publicitarios. La mayoría de los lectores online no pasan mucho tiempo en los sitios webs. Un informe de 2010 del Pew Center descubrió que “el visitante promedio pasa sólo tres minutos cuatro segundos por sesión en el sitio de noticias tipo”.
Este no ha sido siempre el caso. Tan recientemente como en 2005, la mitad de los lectores de diarios en los Estados Unidos pasaba más de treinta minutos leyendo el diario. ¿Desapareció esta gente, que tenía un compromiso sustancial con el periodismo, en los últimos seis años? ¿O es que al periodismo tradicional dejó de importarle?
***
La segunda cosa que digo a mis estudiantes recién llegados es que desconfíen de cualquiera que pretenda saber qué depara el futuro al periodismo. Al riesgo de caer en esa categoría, tengo una predicción propia. En el futuro, el periodismo será o bien muy corto, o muy largo. Nada intermedio sobrevivirá.
Las noticias cortas serán información y hechos que se registren en lo inmediato y no esperen que una audiencia se quede a seguirlas. Consistirán en noticias financieras, resúmenes con enlaces (como con Twitter), y en actualizaciones de noticias pasadas que ya leíste (como las alertas de Google sobre temas que estás siguiendo). La tecnología de la información se ha vuelto muy buena en procesar este tipo de información, y porque tanto está hecho por máquinas, según algoritmos, es bastante barata de producir.
En el otro extremo del espectro habrá noticias largas: artículos en profundidad, libros cortos, videos, podcasts de audio –todos requerirán la atención del consumidor por un largo, largo tiempo. El periodismo en formato largo es todo lo que no es el de formato corto. Es caro y requiere mucho trabajo para ser creado. Exige mucho tiempo para ser consumido. Es impredecible. No apunta a grupos particulares cuyas preferencias y comportamientos previos sean conocidos; los consumidores de noticias largas no van a ellas por razones predecibles o identificables. Porque es creado de la nada, debe seducir, convencer y atraer a sus consumidores. Por lo tanto, la forma en que es presentado es extremadamente importante. Si es impreso, el diseño debe ser elegante. Si es en la web, debe ser cómodo, accesible y portable. Sin importar el medio, lo más probable es que incluya fotografías deslumbrantes, video, audio –o alguna combinación creativa de todas.
En el futuro, la economía de lo largo/corto será lo único que importe en el periodismo. Mirando hacia atrás, estamos descubriendo que el tamaño de la audiencia ha sido sistemáticamente sobrevaluado. Hemos cometido un error de categorías, al confundir (y hacer equivaler) a los consumidores de noticias cortas con los consumidores de noticias largas. Los dos son importantes y los dos deben ser contados. Pero no deben ser contados juntos. Actualmente los medimos aproximadamente del mismo modo: un click es un click. Hay estudios que muestran que un número pequeño de lectores comprometidos generan la mayor cantidad de páginas vistas. Visitan los sitios que les gustan con mayor frecuencia, miran más páginas, y pasan más tiempo en el sitio. Son lectores de formas largas y deberían ser contados como tales. En el futuro, no debemos solamente medirlos de modos diferentes sino diseñar todo de modo diferente en sus experiencias mediáticas. Los lectores de formas cortas, no comprometidos, necesitan obtener las noticias básicas del modo más eficiente posible, y pagarán por ese privilegio. Los lectores de formas largas, comprometidos, deben sentirse lo más cómodos que sea posible para que disfruten el lujo del periodismo que aman. Y también ellos pagarán por el privilegio.
Compromiso, y no números, será la característica más importante. Mientras más comprometidos sean los lectores, más posibilidades tendremos de hacer dinero con ellos –sea mediante avisos publicitarios o una variedad de otras transacciones. El beneficio del mayor compromiso no está sólo en tarifas publicitarias más altas sino en las relaciones que los editores deben construir con sus lectores más leales –una dinámica que se ha perdido en el intento de atraer a audiencia masivas.
Esta es una época de gran experimentación en periodismo. En algunos aspectos, las industrias del libro y la revista tienen ventaja por sobre los diarios y los medios audiovisuales porque su modelo de negocios era impredecible de entrada. Una vez entrevisté al distinguido editor Robert Giroux, de la editorial Farrar Strauss Giroux. “Editar libros nunca ha sido un negocio racional”, me dijo. “¿Qué empresa verdadera lanza 100.000 productos nuevos por año sin hacer un testeo o una investigación de mercado?”.
Así que puede no ser una sorpresa que mucha de la creatividad en el periodismo esté ocurriendo en la edición de libros y revistas. Aunque las ventas de libros impresos cayeron un diez por ciento en febrero, las ventas de e-books crecieron 202 por ciento. Representan hoy más del veinte por ciento de las ventas totales de libros. Las ventas de audiobooks descargables también crecieron treinta y seis por ciento en febrero, lo que interpreto como evidencia de que la gente está ansiosa por comprometerse con los libros cuando estos le son presentados en formas convenientes.
Otra gran señal de esperanza es Byliner, la nueva compañía editora y creadores del sitio en que están leyendo este ensayo. Junto con proyectos como los Kindle Singles de Amazon, las nuevas ofertas cortas digitales de Barnes and Noble, The Atavist, y curadores de revistas comoLongform.org y LongReads, Byliner apuesta a que los lectores están hambrientos por periodismo largo y bueno. Ninguna de estas empresas evita los avisos, pero tampoco dependen de ellos. Son grandes emprendimientos, todas sin excepción.
Los artículos a los que enlazo aquí debajo [todos en inglés] representan algunos de los mejores ejemplso de periodismo escrito, reporteado en profundidad, bellamente escrito que apareció en 2010. Es una lista idiosincrática, como son todas estas listas, y no pretende ser definitiva (de hecho, agregaré otros regularmente). La buena noticia es que podría haber elegido fácilmente otros incontables artículos excelentes. Si eso es un problema, es realmente uno muy afortunado.
(…)
Mark Bowden’s The Enemy Within
Raffi Khatchadourian’s No Secrets
Michael Paterniti’s The Suicide Catcher
Michael Hasting’s The Runaway General

