lunes, diciembre 31, 2012
La agonía de la posmodernidad
La crisis que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería
política, ética y estética que por desgracia sigue coleando aún.
Por: Lluís Duch / Albert Chillón.
Desde los años sesenta del pasado siglo hasta la quiebra que estamos viviendo, la palabra posmodernidad ha designado toda una época en la historia de Occidente, una especie de epílogo que habría tornado líquido el carácter sólido de la modernidad clásica, según Zygmunt Bauman, y hasta gaseoso, de acuerdo con la más sugestiva metáfora que en suManifiesto Comunista propusieron Marx y Engels. La modernidad capitalista, vinieron éstos a decir, se distinguía porque todo lo que había sido o parecido firme se desvanecía en el aire; proceso de sublimación que se precipitó una centuria después, cuando la prosperidad subsiguiente a la hecatombe mundial trajo consigo —junto con otros factores— un nuevo espíritu del tiempo. De la moral puritana se pasó al ethos individualista y hedonista; del auge de los ídolos a su solo aparente crepúsculo; de la sucesión de estilos puros a su promiscuidad; de las utopías que buscaban la consumación del futuro al culto a la consumición del ahora; y de la reverencia a la Verdad una y mayúscula, en fin, a la coexistencia de verdades relativas, minúsculas y plurales.
En 1979, J.F. Lyotard ofició el bautizo de la época recién nacida, tomando prestado el vocablo de la jerga arquitectónica: confrontada a la seriedad y la coherencia, la conciencia social y la subordinación de la forma a la función propias de la arquitectura moderna —la de Lloyd Wright, Le Corbusier o la Bauhaus—, la arquitectura posmoderna sería estetizante, incoherente y jovial, ecléctica y sincrética incluso, mucho menos atenta a la función que a la forma y su embrujo. El despilfarro abigarrado y kitsch de Las Vegas fue ensalzado, por Robert Venturi, como el rutilante emblema de esa arquitectura; metáfora a su vez de la entera época que culminó hacia 1990, cuando el neocon Francis Fukuyama decretó el presunto "fin de la Historia" y el triunfo sempiterno del capitalismo.
La posmodernidad que resultó de semejante hundimiento muestra, vista con perspectiva, un saldo plural de virtudes y defectos, como cualquier época histórica. Entre las virtudes se cuenta la extensión de las libertades, garantías y derechos; el medro de las clases medias y el acceso al confort y al consumo de una porción de las subalternas; el reemplazo de las rígidas ortodoxias por la heterodoxia y el relativismo; la relajación de los tabúes y los dogmas, así como la atmósfera de tolerancia y pluralidad asociada a la vida urbana. Por vez primera en la historia, millones de personas otrora desposeídas se sentían llamadas a sentarse a la mesa de los escogidos, en alas del Estado-providencia y, ante todo, de un Progreso en apariencia imparable. A finales de los años noventa, cuando tamaño ensueño culminó, Europa y el sedicente "Primer Mundo" semejaban un balneario de instalados y rentistas, cuyos inexpugnables muros contenían el oleaje de la planetaria indigencia.Con sustancial razón, Lyotard observó que el rasgo más distintivo de tal posmodernidad era la caída de las grandes narrativas que habían sustentado el edificio moderno, esto es, de las ideologías emancipadoras que lo habían inspirado desde, cuando menos, la Ilustración de Kant y Voltaire hasta la ufana década de 1960. El derrumbe apenas dejó títere con cabeza. En primer lugar, el milenario relato cristiano de la emancipación redentora devino en asunto de elección personal, y ya no en dogma de fe obligatorio, en un Occidente embriagado por la secularización, la libertad sexual y la tecnolatría. En segundo lugar, el relato ilustrado de la emancipación de la ignorancia y la servidumbre por la educación y la Razón había sufrido una doble erosión, debida por un lado a los totalitarismos generados en la culta Europa, y por otro al creciente dominio de una razón crudamente instrumental que, más allá de la esfera económica, estaba engullendo múltiples vertientes de la vida pública y privada. En tercer lugar, el relato liberal-burgués que prometía la emancipación de la pobreza gracias al mercado libre fue cuestionado por la flagrante desigualdad en la distribución de la riqueza —dentro de los Estados y entre ellos—, y por un expolio medioambiental que empezó a hacerse patente por entonces, sobre todo cuando el Club de Roma alertó sobre los límites del crecimiento. Y por último, el gran relato marxista de la emancipación de las mayorías mediante la socialización de los recursos —de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad: esa auroral utopía que había galvanizado el mundo— resultó en fosca distopía cuando la doble caída del Muro de Berlín y la URSS revelaron el horror del estalinismo, décadas antes denunciado por pensadores como Camus, Merleau-Ponty o Koestler.
Añádanse a tales penurias otras de comparable fuste, a fin de otear el paisaje. Así, la rampante mercantilización de la práctica totalidad de los ámbitos sociales, incluidos los de tenor espiritual y artístico. Y la erosión de la frágil secuencia temporal humana en una época señalada, en palabras de Fredric Jameson, por no saber ni querer pensarse históricamente. Y la proclividad, alentada por la sociedad del espectáculo, a la trivial estetización de la economía y la política, de la ética y la ciudad, del cuerpo y los sentimientos, de la naturaleza y la guerra. Y la irresponsabilidad de buena parte de los ciudadanos, que a su condición de súbditos que se ignoran —de una democracia carcomida por la demagogia, la corrupción y el decisionismo, por cierto— añaden el desvarío de sentirse cómplices del mismo sistema que los sojuzga, como se echa de ver en este trance aciago. Y, en fin, la miopía de unas generaciones que se han creído propietarias de un presente pletórico y eterno, una utopía del ahora y el aquí que ha hipotecado el porvenir de las futuras.Entre las carencias y defectos de la posmodernidad, no obstante, debe incluirse la desactivación del talante y del talento críticos, tan patente en los ámbitos pedagógico y político. O la tendencia a orillar la problemática del mal en aras de un narcisismo que atrofia los vínculos solidarios, fomenta la desafiliación e induce el "declive del hombre público", en palabras de Richard Sennet. O el relevo de la ética del ser por la del tener, espoleado por un consumismo basado en la creación de necesidades y deseos superfluos. O la sustitución de las ideologías continentales por un archipiélago de islotes ideológicos ––feministas, ecologistas, poscolonialistas o identitarias––, tan dispersos que se muestran incapaces de enfrentar la tecnoburocracia globalizada. O la anemia de un pensamiento de izquierdas confinado al reducto erudito, que a fuer de servil resulta inofensivo e inane.
De unos años a esta parte, sea como fuere, esa ambivalente posmodernidad da muestras de patente agonía, arrancada de su quimera jovial por una cadena de seísmos en los que Occidente se juega el bienestar que le queda, amenazado extramuros por una globalización que está desplazando hasta ambas orillas del Pacífico los centros de control y riqueza. Y amenazado también, intramuros, por el casi unánime delirio de opulencia que nos ha emplazado ante el precipicio: ideológica, política y éticamente desarmados cuando más urgente resulta disponer de criterios para conducirnos con tiento, conciencia y temple, inspirados por esa antigua sabiduría humanista que sugiere la autolimitación y la mesura. Es hora de despabilar: la posmoderna mojiganga ha terminado. La crisis epocal que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería política, ética y estética que por desgracia colea aún. Y también el de urgirnos a rehabilitar la plural herencia del Humanismo y la Ilustración en este nuevo tiempo penumbral, a fin de tornarnos lúcidos y éticos, sobrios y solidarios, cívicos y compasivos. Con las debidas cautelas, será menester poner al día los viejos idearios de emancipación y concebir otros de cuño actualizado y distinto, porque al despertar la modernidad capitalista sigue todavía aquí, aunque más desregulada, ensoberbecida y digitalizada que nunca.
Lluís Duch es antropólogo y monje de Montserrat. Albert Chillón es director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB. Ambos son coautores de Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación, vol. I, que el próximo marzo publica la editorial Herder.
Tomado de El País.
martes, junio 05, 2012
La historia según Bertrand Russell
De todos los estudios mediante los cuales los hombres adquieren la ciudadanía en la comunidad intelectual, ninguno es tan indispensable como el del pasado. Saber cómo se ha desarrollado el mundo hasta el momento en que empieza nuestro recuerdo individual; saber cómo han llegado a ser lo que son las religiones, las instituciones, las naciones en las que vivimos; estar familiarizados con los grandes hombres de otros tiempos, cuyas costumbres y creencias diferían ampliamente de las nuestras es, todo ello, indispensable para tener consciencia de nuestra situación, y para emanciparnos de las circunstancias accidentales de nuestra educación. La historia no es sólo valiosa para el historiador, para el estudioso de archivos y documentos, sino también para cuantos son capaces de un examen contemplativo de la vida humana. Con todo, el valor de la historia es tan multiforme que aquéllos a quienes uno de sus aspectos llama la atención con especial fuerza están en peligro constante de descuidar todos los demás.
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La historia es valiosa, digamos para empezar, porque es verdadera; y esto, aunque no constituye todo su valor, es el fundamento y la condición de todo lo demás. Parece al menos probable que todo el saber, como tal, es en cierto grado bueno; y el conocimiento de cualquier hecho histórico posee, al menos, este elemento de bondad, aunque no poseyera ningún otro. La mayoría de los historiadores modernos parecen considerar a la verdad como único componente del valor de la historia. Sobre esta base exigen que el historiador se borre a sí mismo ante el documento; temen que una intrusión de su propia personalidad implique cierto grado de falsificación. Debe procurarse la objetividad ante todas las cosas, dicen; hay que limitarse a narrar los hechos y dejar que estos hablen por sí mismos —si tienen lengua—. Se sigue, como parte de esta posición, que todos los hechos son igualmente importantes. Y aunque esta doctrina nunca puede ser plenamente aplicada en la práctica, parece cernerse sobre muchos espíritus como un ideal hacia el que la investigación puede aproximarse gradualmente.
Sería absurdo discutir la opinión de que la narración histórica ha de basarse en el estudio de los documentos. Sólo éstos dan prueba de lo que realmente ocurrió; y está claro que la historia no verdadera no puede tener gran valor. Por otra parte, hay más vida en un documento que en cincuenta historias (omitiendo algunas de las mejores); por el mero hecho de contener lo que pertenece al tiempo pasado real, el documento tiene una vida muerta extrañamente viva, como la que pertenece a nuestro propio pasado cuando un sonido o un olor nos lo evoca. Y una historia escrita después de los acontecimientos difícilmente puede hacernos sentir que los actores ignoraban el futuro; es difícil creer que los últimos romanos no supieran que su imperio estaba a punto de caer, o que Carlos I fuera inconsciente de hecho tan notorio como su propia ejecución.
Pero si los documentos son, en tantos sentidos, superiores a cualquier historia reflexionada, ¿qué función le queda al historiador? Está, para empezar, la tarea de selección. Es fácil que todos estén de acuerdo en este punto, pues los materiales son tan abundantes que resulta imposible presentarlos todos de manera exhaustiva. Sin embargo, lo que no siempre se comprende es que la selección supone un patrón de valor entre los hechos e implica, consiguientemente, que la verdad no es el único objetivo que la acción de registrar el pasado se propone. Todos los hechos son igualmente verdaderos; y hacer una selección entre ellos solamente es posible mediante un criterio distinto al de su verdad. La existencia de tal criterio es algo obvio; nadie mantendrá, por ejemplo, que los pequeños escándalos de la Restauración registrados por Grammont son tan importantes como la cartas sobre las matanzas piamontesas por las que Milton, en nombre de Cromwell, emplazó a los calmosos potentados de Europa.
Puede decirse, sin embargo, que el único principio de selección verdadero es el puramente científico; deben considerarse importantes los hechos que conduzcan a la determinación de leyes generales. Es imposible adivinar si existirá alguna vez una ciencia de la historia; en todo caso, lo cierto es que esta ciencia en la actualidad no existe, salvo, en cierto leve grado, en el campo de la economía. Para que sea aplicable el criterio científico de importancia en la selección de los hechos, es necesario que se elaboren dos o más hipótesis, cada una de las cuales explique gran número de hechos, y que se descubra un hecho crucial que sirva para elegir alguna de ellas. En las ciencias inductivas los hechos son importantes sólo en relación con las teorías, y las teorías nuevas dan importancia a los nuevos hechos. Así, por ejemplo, la doctrina de la selección natural dio importancia a todas las especies transitorias e intermedias, a la existencia de rudimentos de órganos, y al registro embriológico de la descendencia. Pero difícilmente puede mantenerse que la historia haya alcanzado, o esté a punto de alcanzar, un punto en que tales patrones sean aplicables a los hechos históricos. La historia, considerada como cuerpo de verdades, parece destinada a continuar siendo por mucho tiempo casi puramente descriptiva. Las generalizaciones que se han sugerido —omitiendo la esfera de la economía— son, en su mayor parte, tan claramente insostenibles que ni siquiera merece la pena refutarlas. Burke argüía que todas las revoluciones finalizan en tiranías militares, y predijo el advenimiento de Napoleón. En la medida en que su razonamiento se basaba en la analogía con Cromwell fue un hallazgo afortunado, pero en ningún caso una ley científica. Es cierto que no siempre se necesitan muchos ejemplos para determinar una ley, siempre que las circunstancias esenciales y relevantes puedan discernirse fácilmente. Sin embargo, en la historia son relevantes tantas circunstancias de naturaleza pequeña y accidental, que no resultan posibles las uniformidades amplias y sencillas.
Hay otro punto en contra de esta concepción de la historia como ciencia sólo o principalmente causal. Cuando nuestro principal objetivo es descubrir leyes generales, las consideramos intrínsecamente más valiosas que los hechos que éstas interrelacionan. En astronomía está claro que es de más valor conocer la ley de la gravitación que la posición de un planeta determinado durante una noche particular o incluso durante todas las noches del año. En la ley hay un esplendor, una simplicidad y una sensación de dominio, que ilumina una enorme masa de detalles de otro modo carentes de interés. Lo mismo ocurre en la biología: hasta que la teoría de la evolución dio significado a la aturdidora variedad de estructuras orgánicas, los hechos particulares sólo eran interesantes para el naturalista. Pero en la historia la cuestión es muy distinta. Es cierto que en economía los datos se subordinan a menudo a las empresas de la ciencia que se basan en ellos, pero en todos los demás campos los datos son más interesantes y la superestructura científica menos satisfactoria. Muchos de los hechos históricos tienen un valor intrínseco, un profundo interés por sí mismos que los hace merecedores de estudio con absoluta independencia de la posibilidad de ligarlos entre sí por medio de leyes causales.
El estudio de la historia se recomienda a menudo por su utilidad respecto de los problemas de la política actual. Es imposible negar que la historia tiene gran utilidad en este terreno, pero es necesario limitar y definir muy cuidadosamente el tipo de orientación que debe esperarse de ella. Las «enseñanzas de la historia», en el sentido superficial de la expresión, presuponen el descubrimiento de leyes causales, generalmente de muy amplio alcance; y las «enseñanzas» de esta especie, aunque en determinados casos pueden no ser perjudiciales, siempre son teoréticamente infundadas. En el siglo XVIII constantemente, y ocasionalmente en nuestros días, se extraían de Grecia y de Roma argumentos acerca del valor de la libertad o de la democracia; según las inclinaciones del autor, se atribuían a estas causas su grandeza o su decadencia. ¿Puede haber algo más grotesco que la retórica de los romanos aplicada a las circunstancias de la Revolución Francesa?
La organización de una Ciudad-Estado, basada en la esclavitud, sin instituciones representativas y sin imprenta, es algo tan alejado de una democracia moderna que convierte cualquier analogía, como no sea muy vaga, en algo totalmente frivolo e irreal. También respecto del imperialismo se sacan argumentos de los éxitos y fracasos de los antiguos. ¿Creeremos, por ejemplo, que Roma se arruinó por la perpetua extensión de sus fronteras? ¿O creeremos, con Mommsen, que el fracaso en conquistar a los germanos entre el Rhin y el Danubio fue uno de sus más fatales errores? Estos argumentos se manejan siempre según los prejuicios del autor; y todos, aunque contengan cierto grado de verdad respecto del pasado, son completamente inaplicables a la época actual.
El mal es mayor cuando se considera que la historia enseña alguna doctrina filosófica general, como que el Derecho es, a la larga, Poder, que la Verdad prevalece siempre finalmente, o que el Progreso es una ley universal de la sociedad. Todas estas doctrinas exigen, para su fundamentación, una cuidadosa elección de lugar y de tiempo; y, lo que es peor, una falsificación de valores. Carlyle es un flagrante ejemplo de este peligro. En el caso del puritanismo, le condujo a justificar todos los actos de impaciencia y de ilegalidad de Cromwell, y a finalizar arbitrariamente su análisis en 1658; es imposible decir cómo explicaba la Restauración. En otros casos, ese peligro le extravió todavía más. A menudo resulta difícil descubrir de qué lado está el Derecho, mientras que el Poder es visible a todos los hombres; de este modo la doctrina de que el Derecho es Poder se convierte insensiblemente en la creencia de que el Poder es Derecho. De ahí que se ensalce a Federico, Napoleón y Bismarck, y de ahí el desprecio despiadado por los negros, los irlandeses y las «treinta mil angustiadas costureras». En tal sentido, cualquier teoría general que afirme que todo es lo mejor posible se ve obligada por los hechos a defender lo indefendible.
Pese a todo, la historia tiene una función con respecto a las cuestiones corrientes; pero se trata de un función menos directa, menos precisa y menos decisiva. En primer lugar, puede sugerir máximas menores cuya verdad, cuando se proponen por vez primera, puede advertirse sin la ayuda de los acontecimientos que las sugirieron. Así ocurre en buena medida en la economía, donde la mayoría de los temas implicados son sencillos. Lo mismo puede decirse, con parecida razón, de la estrategia. Cuando, a partir de los hechos, puede obtenerse un razonamiento sencillo, deducible de premisas indudables, la historia puede proporcionar preceptos útiles. Pero solamente serán aplicables cuando el fin esté ya determinado, y serán, por tanto, de naturaleza técnica. Nunca enseñarán al estadista qué fin debe éste proponerse, sino solamente, dentro de ciertos límites, cómo pueden ser alcanzados algunos fines más definidos, tales como la riqueza o la victoria en la guerra.
2
La historia tiene, sin embargo, otra utilidad distinta y mayor. Amplía la imaginación y sugiere posibilidades de acción y de sentimientos que no se le habrían ocurrido a un espíritu no instruido. Selecciona los elementos significativos e importantes de las vidas pasadas, llena nuestros pensamientos de ejemplos espléndidos y del deseo de fines mayores que los que una reflexión desamparada podría haber descubierto. Relaciona el presente con el pasado, y con ello, el futuro con el presente. Hace vivo y visible el desarrollo y la grandeza de las naciones, permitiéndonos extender nuestras esperanzas más allá de la breve duración de nuestras propias vidas. De tales modos, el conocimiento de la historia puede dar a los dirigentes políticos o a nuestra reflexión diaria una amplitud y un ámbito inalcanzables para quienes limitan su concepción al presente.
Lo que para nosotros significa el pasado puede juzgarse, quizá, por la consideración de esas naciones más jóvenes cuya energía y cuyas empresas despiertan la envidia de Europa. En ellas vemos desarrollarse un tipo de hombre, dotado de todas las esperanzas del Renacimiento o del Siglo de Pericles, convencido de que sus más vigorosos esfuerzos realizarán fácilmente cualquiera de las cosas que resultaron demasiado difíciles para las generaciones que le han precedido. Ignorante y despreciativo de los deseos que animaron a esas generaciones, inconsciente de los complejos problemas que intenta resolver, sus rápidos éxitos en cuestiones relativamente sencillas despiertan en él la confiada creencia de que el futuro le pertenece. Pero para quienes han crecido rodeados de los monumentos de hombres y proezas de querida memoria, hay una curiosa falta de consistencia en los pensamientos y emociones que inspiran su confianza; el optimismo parece sostenido por una búsqueda demasiado exclusiva de lo que puede conseguirse fácilmente, y las esperanzas no se convierten en ideales mediante el hábito de valorar los acontecimientos comunes por su relación con la historia del pasado. Se desprecia lo que difiere del presente. Este temple mental no puede admitir que hubiera grandes hombres entre quienes en nada contribuyeron al dominio de Mammón; ni que la sabiduría puede residir en aquéllos cuyos pensamientos no están dominados por la máquina. Acción, Éxito y Cambio son sus lemas; que la acción sea noble, que el éxito lo sea de una buena causa o el cambio una mejora en algo distinto de la riqueza, son cuestiones que no hay tiempo de plantear. Contra este espíritu en que toda ociosidad, toda preocupación por los fines de la vida, se sacrifican a la lucha por ser los primeros en una carrera sin sentido, la historia y el hábito de vivir con el pasado son antídotos seguros; en nuestra época estos antídotos son más necesarios que nunca.
El recuerdo de las grandes hazañas es una derrota para el Tiempo, pues prolongan su poder mucho después de que estas hazañas y sus autores hayan sido devorados por los abismos de la inexistencia. Respecto del pasado, donde la contemplación no resulta oscurecida por el deseo y la necesidad de acción, vemos más claramente que en las vidas que discurren ante nuestros ojos el valor, para bien o para mal, de los fines que los hombres han perseguido y de los medios que han adoptado para alcanzarlos. Es bueno considerar, de vez en cuando, el presente como si fuera ya pasado, y examinar cuáles de sus elementos enriquecerán el depósito de posesiones permanentes del universo, cuáles vivirán y darán vida cuando nosotros y toda nuestra generación hayamos desaparecido ya. A la luz de esta contemplación, toda la experiencia humana se transforma, y se elimina lo sórdido o lo personal. A medida que crecemos en sabiduría, se abre para nuestros ojos la caja de los tesoros de todas las épocas; cada vez más aprendemos a conocer y a amar a los hombres por cuya entrega es nuestra esa riqueza. Gradualmente, por la contemplación de las grandes existencias del pasado, se hace posible una comunión mística, que llena el alma como de música de un coro invisible. Todavía, desde el pasado, nos llaman las voces de los héroes. Al igual que, desde un elevado promontorio, la campana de una antigua catedral, incambiada desde el día en que el Dante volvió del reino de la muerte, nos envía aún su solemne advertencia a través de las aguas, así sus voces resonarán a través del mar del tiempo; todavía, como antaño, sus tonos de profunda calma hablan de las solitarias torturas de la aspiración enclaustrada, colocando la serenidad de lo eterno en el lugar de las inciertas luchas contra goces innobles y placeres transitorios. No son escuchadas por todos; pero hablan a los aires de los cielos, y éstos repiten el relato a los grandes hombres de los días posteriores. Los grandes hombres no son nunca solitarios; de la noche les llegan las voces de los que se han ido antes, claras y animosas; y así, a través de los tiempos, avanza una poderosa procesión, orgullosa, intrépida, inconquistable. Unirse a esta arrogante compañía, engrosar las huestes inmortales de aquellos a quienes el destino no ha podido vencer, puede no ser la felicidad; pero ¿qué es la felicidad para quienes tienen el alma colmada de la música celestial? Se les ha dado algo mejor que la felicidad: conocer la amistad de los grandes hombres, vivir bajo la inspiración de elevados pensamientos, y ser iluminados en todas las vacilaciones por la luz de la nobleza y la verdad.
La historia es, sin embargo, algo más que la relación de los hombres individuales, por grandes que sean: su ámbito es la biografía no sólo de los hombres, sino del Hombre; es presentar la larga sucesión de las generaciones como los pensamientos transitorios de una vida continua; es trascender su ceguera y brevedad en el lento despliegue del tremendo drama en el que todos tienen un papel. En las migraciones de las razas, en el nacimiento y la muerte de las religiones, en el ascenso y caída de los imperios, las unidades inconscientes, sin propósito alguno más allá del presente, han contribuido, sin advertirlo, al desfile triunfal de las épocas; desde la grandeza del conjunto, un aliento de grandeza sopla sobre cuantos participan en la marcha. En ello reside el misterioso poder de la historia oscura que está más allá de los documentos escritos. Ahí no se conoce más que las oscuras líneas generales de grandes acontecimientos, y no se recuerdan las vidas individuales que van y vienen. A lo largo de incontables generaciones, hijos olvidados han reverenciado las tumbas de olvidados padres, madres olvidadas han engendrado guerreros cuyos huesos blanquean las silenciosas estepas del Asia. El fragor de las armas, los odios y las opresiones, los conflictos ciegos de naciones mudas, perduran todavía como el fragor de una cascada lejana; lentamente, de la contienda, surgen las naciones que ahora conocemos, con un legado de poesía y piedad transmitido por el pasado enterrado.
Y esta cualidad, que es todo lo que nos queda de los tiempos prehistóricos, es propia también de los períodos posteriores, en los que el conocimiento de los detalles puede oscurecer el movimiento del conjunto. También aquí, con todos nuestros actos, jugamos nuestro papel en un proceso cuyo desarrollo no podemos barruntar: incluso los hombres más oscuros son actores en un drama del que sólo conocemos su grandeza. No podemos decir si será alcanzado algún objetivo valioso; pero el drama mismo, en todo caso, está lleno de grandeza titánica. El historiador ha de poner de relieve esta cualidad entre la embarazosa multitud de detalles irrelevantes. A partir de los antiguos libros, en donde están embalsamados los amores, las esperanzas y las creencias de las generaciones pasadas, el historiador evoca imágenes ante nuestros espíritus, imágenes de comportamientos elevados y valientes esperanzas, vivas todavía por sus cuidados, a pesar del fracaso de la muerte. Con todo lo envuelto en el olvido, el historiador debe componer nuevamente, en cada época, el epitafio de la vida del Hombre.
Sólo el pasado es verdaderamente real; el presente no es más que un penoso nacimiento al ser inmutable de lo que ya no es. Sólo lo muerto existe plenamente. Las vidas de los vivos son fragmentarias, inciertas y cambiantes; las de los muertos, completas, libres del yugo del Tiempo, todopoderoso señor del mundo. Sus éxitos y fracasos, esperanzas y temores, alegrías y penas se han convertido en eternos; y nuestros esfuerzos no pueden abatir un ápice de ellos. Pesares enterrados en la tumba, tragedias de las que sólo queda un recuerdo lejano, amores inmortalizados por la santa imposición de manos de la Muerte: todos tienen un poder, una tranquilidad mágica, intocable, a la que nada presente puede alcanzar.
Año tras año mueren los camaradas, muestran ser vanas las esperanzas, se desvanecen los ideales; la tierra encantada de la juventud queda más lejos, el camino de la vida se hace más tedioso, aumenta el peso del mundo hasta que el trabajo y las penas se hacen casi demasiado pesadas de soportar; la alegría se desvanece en las fatigadas naciones de la tierra, y la tiranía del futuro mina la fuerza vital de los hombres; todo lo que amamos se decolora, en un mundo agonizante. Sin embargo, el pasado, devorando siempre los productos del presente, vive por la muerte universal; firme e irresistiblemente añade nuevos trofeos a su templo silencioso, construido por todas las épocas; allí están enterradas todas las proezas, todas las vidas magníficas, todas las conquistas y fracasos heroicos. Por las orillas del río del Tiempo, la triste procesión de las generaciones humanas camina lentamente hacia la tumba; en el apacible país del Pasado, la marcha finaliza: ahí se quedan los cansados vagabundos, y todos sus llantos enmudecen.
En Ensayos filosóficos
Traducción de Juan Ramón Capella
Imagen: Florence Vandamm
En Ensayos filosóficos
Traducción de Juan Ramón Capella
Imagen: Florence Vandamm
viernes, enero 06, 2012
Algún día tendrás la razón

Por Gustavo Gorriti
Steve Jobs, el gran hombre cuya influencia en cambiar el mundo para bien, persistirá por varias generaciones, murió hoy. Aunque se sabía de su lucha por sobrevivir, todos sus admiradores esperábamos en verdad que Jobs venciera otra vez a la muerte y prosiguiera encantando nuestra vidas con aquella combinación constantemente renovada de tecnología y belleza que hizo única su presencia y su legado.
Hace unos meses escribí un artículo sobre Steve Jobs y la muerte. Lo vuelvo a publicar ahora como homenaje y despedida al genio, que muere en el punto más alto de su extraordinaria capacidad creativa y su incondicional demanda de excelencia.
(Columna publicada originalmente el 27 de enero de 2011 en la edición 2165 de la revista ‘Caretas’)
“Si vives cada día como si fuera el último, algún día ciertamente tendrás la razón”. Era junio de 2005 en la ceremonia de graduación de la universidad de Stanford, y el orador principal, Steve Jobs, el genio fundador de Apple, empezaba –recordando una cita que impresionó su adolescencia– el tercer tema de su discurso: la muerte.
Hace pocos días, este mes de enero, Jobs tomó una licencia médica que lo aleja parcialmente de Apple. Es la tercera en diez años, y como se sabe que las dos anteriores fueron por razones graves (cáncer al páncreas, transplante de hígado), la ansiedad entre los accionistas de Apple ensombreció las espectaculares cifras de crecimiento de la compañía que otrora fuera el símbolo de la singularidad creativa, la minoría estética, la rebeldía informática. Pero hoy Apple es la empresa que impera en el ámbito de la tecnología luego que el año pasado destronara a Microsoft en valor de mercado.
En 2005, Apple ya había convertido hace tiempo la rebeldía en éxito y riqueza, y Steve Jobs tenía una presencia emblematica en casi todos los temas de la mitología estadounidense de surgimiento de la desventaja al triunfo. El comienzo en el garaje; el exilio; el retorno y el triunfo; el gran producto: en la carrera de Steve Jobs se tocaba casi todas las bases de la imaginación mítica estadounidense: el joven pobre con un sueño, el inventor, el pionero, el comeback kid, el triunfador.
Era el orador ideal para el discurso de graduación en una de las universidades más prestigiosas (y ciertamente no de las más baratas) del mundo ese junio de 2005. El discurso, sin embargo, tuvo mucho de inesperado.
Jobs empezó diciéndole a los jóvenes graduados que él jamás se graduó. Que, de hecho, abandonó la universidad a la que sus padres adoptivos, de la clase trabajadora, lo enviaron invirtiendo todos sus ahorros, a los pocos meses de haber ingresado.
“Abandonar la universidad fue una de las mejores decisiones que tomé” dijo Jobs a una audiencia en ese momento silenciosa. No le encontró utilidad a un programa de estudios cuyo costo empobrecía a sus padres. Sin embargo, persistió algunos meses como alumno libre tomando cursos sobre temas que le fascinaban, aunque parecieran inútiles, como uno de caligrafía, que lo adentró en una “sutileza artística que la ciencia no puede capturar”.
Eso le costó. Contó a los estudiantes cómo tuvo que dormir en el piso, recolectar y vender botella vacías de Coca Cola para comer. Y cómo cruzaba caminando la ciudad una vez por semana para tener una cena respetable en el local de los Hare Krishna.
Nada de lo hecho entonces parecía tener valor práctico, relató Jobs, excepto como una suerte de trocha precaria hacia el fracaso. Pero, años después, al diseñar la primera Macintosh, “todo lo aprendido regresó”. La clase de caligrafía inspiró la tipografía de la Mac, que luego se generalizó gracias a la copia de Windows. “Si no hubiera abandonado los estudios, no hubiera caído nunca en esa maravillosa clase de caligrafía”, dijo Jobs.
Tal el poder de la caligrafía. Me hizo recordar una película china, “Héroes”, en la que el maestro y los aprendices de una escuela de caligrafía siguen practicando su arte con devota disciplina mientras llueven las flechas del enemigo que asedia el lugar.
Jobs habló luego sobre el terrible golpe que fue inicialmente para él ser expulsado, a los treinta años, de la compañía que había creado (junto con Steve Wozniak) y convertido en diez años de dos jóvenes en un garaje a una empresa de, entonces, 4 mil empleados y dos mil millones de dólares de valor.
Pero, como “amaba lo que hacía”, decidió empezar de nuevo y “el peso del éxito fue reemplazado por la levedad de ser de nuevo un principiante”. Fue, dijo Jobs, “lo mejor que me pudo pasar”.
Y ese camino de retorno y de vindicación se hizo posible porque “la única manera de estar verdaderamente satisfecho es si haces lo que crees que es un gran trabajo y la única forma de realizar un gran trabajo es amar lo que haces”.
En la última parte de ese extraordinario discurso, Jobs habló a los estudiantes sobre la muerte. A aquellos cientos de rostros jóvenes y sonrientes les recordó que ellos también van a morir y que recordarlo es “la mejor manera de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay motivo para no seguir [lo que indica] tu corazón”.
“Saber que voy a morir pronto ha sido lo más importante para ayudarme a tomar las grandes decisiones en la vida, porque casi todo –expectativas, orgullo, miedo de la vergüenza o el fracaso– se cae ante la faz de la muerte y solo permanece lo verdaderamente importante”.
Jobs acababa de ver la muerte a una distancia de lectura. Poco antes le habían diagnosticado cáncer al páncreas, cuya letalidad casi no tiene excepciones. Su caso fue, al final, una de ellas.
Aunque, dijo Jobs, “nadie quiere morir, ni siquiera la gente que desea ir al cielo”, la certeza de la muerte debe llevar a la autenticidad: “Su tiempo [de vida] es limitado, no lo desperdicien entonces en vivir una vida ajena. … no permitan que la voz de otros ahogue su propia voz, su corazón, su intuición”.
La exhortación final de ese extraordinario discurso fue tomada de una arenga impresa en la contratapa de una publicación histórica en la contracultura (o cultura alternativa) de los años 60, el “Whole Earth Catalog”: Stay hungry, stay foolish. Mantente hambriento, mantente insensato.
Así que ya saben. Si de los estudios de billonarios hablamos, George Soros estudió Filosofía; Steve Jobs estudió caligrafía, no usa focus groups y aconseja prepararse para la vida pensando en la muerte y mantenerse hambriento e insensato para lograr la realización y, quizá, la opulencia.
¿Cuándo fue la última vez que escucharon eso en un curso de gerencia? Estoy seguro que nunca. La creatividad no se expresa en Excel.
Si se examina las vidas de algunos de los grandes inventores e innovadores, hay notables factores en común. Uno es, por supuesto, que surgen con mucha mayor frecuencia en sociedades que fomentan el esfuerzo industrioso a la vez que respetan la individualidad y, por ende, la libertad. Por eso, pese a sus excesos y falta de disciplina, Estados Unidos lleva ventaja a culturas más estructuradas: muy pocas otras sociedades ofrecen la oportunidad y el estímulo a la inventiva, la iniciativa individual. En medio de sus crisis actuales, hay cientos o miles de garajes, donde otros tantos jóvenes o quienes ya no lo son, desarrollan proyectos, inventos y sueñan con superar a Jobs, superar a Gates.
Hay otro factor frecuente en los creadores: una herida primaria, un dolor recóndito en almas sensibles que una vida cuadrada y previsible jamás curará. Así, la desventaja, el contraste, incluso el trauma son a veces el impulso que lleva a lanzarse a esfuerzos ambiciosos, con el acicate del hambre que conocen bien desde los artistas hasta los boxeadores, para lograr la trascendencia que realice la creación y alivie u olvide el dolor.
Tomado de IDL Reporteros
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