Danilo Sánchez Lihón
La undécima edición de la Feria Internacional del Libro de Lima se inaugura hoy, jueves 20 de julio del año 2006, siendo el país invitado de honor la República Argentina y el autor emblemático Jorge Luis Borges, que explica la razón por la cual iniciemos con él este artículo de adhesión, convocatoria y saludo a la FIL Lima 2006.
1. Para no dejar de ser especie humana
En su cuento, o reflexión filosófica, "La biblioteca de Babel" Jorge Luis Borges anota: "Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana –la única– está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta".
De este apunte se deducen algunas conclusiones. La primera es que el divorcio entre la especie humana y los libros hará inevitable la extinción de la primera, desaparición que puede ser metafórica, en el sentido de volverse cualquier cosa, menos humana, hecho que se enfatiza con la imagen desoladora de una biblioteca vacía, como vacío quedaría el mundo y la vida resultaría inútil si los libros faltan, abstracta y vacua para lo que es esencial y trascendente.
Pero se puede rescatar de la cita también y por oposición otro aspecto, cual es el sentido de apelación de cómo corregir a tiempo este divorcio, ahora tan ostensible, tanto que podemos preguntarnos: ¿Por dónde deambula en estos días la especie humana? Atiborra los supermercados, colma los estadios de fútbol, atesta las discotecas con sonidos compulsivos y estridentes, peregrina en una perspectiva en donde lo trivial se ha vuelto trascendente y lo trascendente trivial.
Ahora la especie humana merodea en todas aquellas manifestaciones que suponen olvidarse de su sensibilidad, de su mente y de su alma. O permanece acobardada frente a las pantallas de televisión, en donde acontece una situación catastrófica: engañarse que los otros actúan para sentir que es él, el espectador el que vive. Así: cuando escalan un monte, corren por las aguas turbulentas de un río, juegan el fútbol o hacen el amor, es el pobre hombre varado en un sillón el que devora la fantasía de que es él el que lo cumple.
Ahora bien, de lo que se trata –mérito del apunte de Borges– es de cómo corregir tal hecho, formando lectores para toda la vida; a fin de que lo incorruptible, secreto e iluminado de una biblioteca no sea inútil ni en vano; y para que no desaparezca en su sentido primigenio la especie humana de sobre la faz de la tierra convirtiéndose en un ente somnoliento.
2. Tertulia con los libros en el hogar
A este respecto, uno de los momentos más íntimos, susceptibles y decisivos para formar personalidades lectoras es cuando en el hogar el padre o la madre leen un libro con sus hijos, porque es muy posible que a raíz de las aventuras, episodios y hechos que se presenten en el texto, cualquiera de los contertulios de estas sesiones han de animarse a confiar una historia, una semblanza y hasta un secreto recordando algún pasaje de su vida. Ser confidentes de tales sucesos entre los seres, y a propósito de la lectura, es clave para que esta adquiera la máxima significación para un niño.
En la lectura aparecen muchas ideas y pensamientos, algunos muy relacionados al tema que estamos leyendo y otros no tanto, pero que es bueno que se presenten y se pueda hablar de ellos. Pareciera que ante las páginas blancas o amarillo-pálidas del libro se presentaran bullentes muchas de nuestras preocupaciones, inquietudes, asuntos pendientes y también problemas.
Será la hora de enfocarlos con la paz y el sosiego que dan los libros y con la hondura y profundidad de la lectura que se venía haciendo, con la amplitud que abren los hechos y acontecimientos grandiosos que se recrean en los libros. Será vano tratar de atajarlos, ponerlos a un lado o espantarlos cual aves impertinentes, sino al contrario, ahí estarán los hechos, de otro modo inconfesados, para ser vistos y develados pero gratamente. Serán los libros y la lectura hadas propiciatorias de la comunicación franca, sincera y serena de los aspectos básicos y fundamentales de la vida.
Ahí viene lo profundo de una relación a propósito del libro y la lectura, puesto que ellos convocan y ésta condiciona un ambiente propicio para la evocación, toca fibras muy sensibles del alma cristalizándose entonces una amistad en aquel nivel de la confidencia y casi de la complicidad.
Lo que se comparte en ese momento, lo que se dice y no se dice en tales ocasiones, es de singular importancia para que esa relación de padres e hijos, o de seres en general que comparten el mundo, sea profunda. Todo ello incentivado por ese artefacto sencillo pero a la vez maravilloso que es el libro, propiciatorio de aquel vínculo del cual quedará siempre una huella intensa e indeleble en el alma del niño, una señal tierna y cariñosa con relación a la vida, importante para la ligazón afectiva que se anhela establecer entre los seres humanos que comparten el privilegio de haber coincidido en esta circunstancia de la existencia.
Ahora bien, las personas, principalmente las de más tierna edad, que participan en estas reuniones, al recordar esos hechos: ¿no confiarán y no tendrán un cariño y hasta una devoción intensa y entrañable por los libros? Absolutamente sí, estamos convencidos que esos niños quedarán marcados positivamente para la lectura y los libros, y mucho más si es que volver a ellos les recuerda la voz amistosa –en secreto con él y la familia– y de las palabras que en tales circunstancias afloraron.
Y es que los libros nos sintonizan con lo más íntimo de nosotros mismos, plano que debe salir a flote para hacer un mundo bueno y compasivo. Y eso ocurre porque los libros son espacios vivos, reinos y universos propicios para que nosotros los habitemos; porque están dispuestos a ser nuestros amigos –si eso es lo que queremos–, a los cuales podríamos confiarles nuestros gozos o tristezas y ellos han de comprendernos y darnos sus respuestas oportunas, las mismas que serán plenas de sabiduría, aprecio y comprensión.
Porque en la naturaleza del libro y la lectura está ser lugares de diálogo, primero directamente con el lector pero luego con los seres queridos, padres, madres, hijos o hermanos, o de la familia en general: diálogo no solo de cuestiones tensas y angustiosas sino en relación con lo maravilloso y sorprendente de la existencia.
Pero la lectura es también lugar y espacio de descubrimiento; aventura por mundos a la vez que íntimos y personales, ignotos, inexplorados y vírgenes, en cuyo recorrido nos cabrá la sensación de ser los primeros en hollar una tierra prometida, nueva y a la vez antiquísima. Pero todo esto empieza desde algo muy sencillo: vincular libro y juguete; lectura y juego.
3. El libro, juego y juguete
El acercamiento o la aproximación a la lectura debe empezar con el «juguete libro» que se deje entre los otros objetos que disponemos para que el niño se entretenga cada vez que juega.
Este elemento ha de ser confeccionado de tal modo que resista el embate que le da el niño en su trato libre y espontáneo. Podrá obtenerse doblando hojas de papel, engrapándolas por la mitad, pegando en las hojas toda figura que consideremos atractiva para el niño y hasta dibujando en ellas.
El «juguete libro» podría correr la suerte de caer de la mesa, entrar en la cama junto al niño, rodar por el suelo, tocar tierra, acostarse en la hierba, mojarse y hasta sufrir pisotones. Y todo ello sin que nadie se queje de estas vicisitudes, porque son también las venturas y desventuras que sufre el niño.
Aquel ha de ser un libro hecho de material resistente, con vivacidad de colores, donde se desarrolla una historia pequeña, muy sencilla, con un argumento que se recrea fundamentalmente en imágenes.
Tipos de estos libros podrán ser hechos de material plástico para que los niños puedan bañarse con ellos en la tina o en la poza de agua y participar de ese suceso gozoso y supremo de vivir momentos de comunión con la naturaleza, juntos él, el mundo y el libro participando de la dicha, el contento y el encanto de existir.
De esta manera se logra que soporte de la lectura no sea ante él ese objeto extraño, solemne y formal, como generalmente ocurre cuando no hay un contacto franco y cordial, desde los primeros años de vida de una persona, con el material de lectura.
Se logra también que la palabra escrita y la letra impresa sean realidades más a la mano, más cotidianas y pegadas a las vicisitudes del hombre sencillo, con lo cual desmitificamos todo lo que sea tinta impresa en letras sobre el papel, que resulta convirtiendo todo texto un fetiche, tabú y ente casi sagrado, pudiendo colocar al libro en un ser asequible, amigable y servicial.
4. En la repetición esta el gusto
Ahora bien, los adultos pasamos de un libro a otro, de un documento a otro distinto o similar, a veces a un ritmo acelerado y devorador, asumiendo que variar es bueno, sin retornar a los textos que nos parecieron excelentes y que concluimos que ya los hemos conocido y hasta superado por el solo hecho de haberlos leído. El niño, felizmente, no comparte ni esta actitud ni esta manera de ser. Si bien es curioso y puede en breve tiempo ojear una variedad de libros y otros materiales de lectura, aprecia también la reiteración, exigiendo incluso que las historias que él ha adoptado como de su preferencia sean las mismas siempre.
Si un adulto hasta se impacienta porque le repiten algo, a los niños les molesta si es que no se les dice diez, o muchas veces más, y de idéntico modo, el mismo cuento o relato, con la misma letanía que a ellos le gusta escuchar, sin equívocos, variantes ni digresiones. Esta disposición es idónea para afianzar en los niños la naturaleza prodigiosa del lenguaje, aprovechando esta aptitud para indagar en el origen y en el significado de los vocablos incluso de uso corriente porque mucho de la afición por la lectura es el gusto por las palabras y el deleite en el lenguaje cuando este luce en todo su esplendor.
De otro lado, cualquier texto literario para niños de tierna edad tiene que tener reiteración, además de ritmo, argumento y lenguaje directo y asequible. Ha de estar hecho con gracia y humor; tener chiste y disparate insertos. Él quiere que sea reiterativo en algún verso o conjunto de palabras, que hagan posible que martille en su memoria y hasta en su respiración, músculos, pasos y latidos.
Al niño le agrada que lo que está al principio se repita al final, porque la figura que lo atrae y fascina es la circunferencia, el círculo que terminar en donde comienza, que se enlaza asimismo para poder de ese modo jugar bien con él. Él necesita hacer rodar su poema por el suelo, sentirlo como un dije y una canica, tirar de él porque lo siente vivo y redondo. No tiene mucha inclinación por lo irregular, indefinido o abstracto, pudiendo estos rasgos parecer una paradoja con su decidida afición por la fantasía; pero no hay contradicción porque aquello que idea y hasta alucina, así sea en el límite de lo imposible, para él es absolutamente real hasta el grado de parecerle incluso casero y cotidiano.
Él hace que las ideas y las fantasías sean objetos, abalorios y talismanes. Y hasta las palabras –que cada una de ellas en verdad son sueños– en sus labios y dedos inatajables resultan golosinas y bombones; o bien globos que acaricia y luego suelta a que los lleve el viento a morar en sus palacios siderales y encantados.
Sin embargo, tenemos como inercia y lastre la concepción alfabética o mecánica de la lectura que la reduce a entenderla como la obtención de sentido a partir de la organización lógica de letras y sílabas, de palabras y frases. Esta percepción funda todo a partir de la escritura, lo cual es adverso; para luego y a partir de allí desprender, deducir y esperar que se muestre, aparezca o caiga la revelación que nunca llega. No, la palabra es hada incorpórea, no letras.
La verdad de la lectura es a la inversa de los signos escritos, porque primero se esbozan preguntas, inquietudes y angustias, el sentido que queremos encontrar a nuestro destino y después se configurarán las letras y las sílabas que se acomoden, esbocen y configuren de acuerdo al modelo y a la verdad que queremos edificar. Es decir, con la lectura componemos el mundo que anhelamos construir.
De allí que leer depende de la actitud con la cual nos situemos ante ella. El texto más pobre, calamitoso y hasta negativo puede propiciar una idea, una noción o una revelación tan grande en el alma y en la mente del lector que convierta el instante de su lectura como un acontecimiento extraordinario y supremo. Y hasta de maravilloso y
sagrado valor.
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